31 mayo 2006

No sé...

No sé siquiera qué es un blog. Tampoco cómo funciona exactamente. Sin embargo, sí sé que éste nació para vivir "cerrado". Lo lanzo al ciberespacio como el que lanza una botella de las que llevan un mensaje dentro al mar.

Si alguien se lo encuentra, léalo con cariño. Si alguien se lo encuentra, que sepa que lo hicimos (y digo "lo hicimos") entre unos cuantos "piraos" que poblaban un foro de los cientos que existen en la red.

La única diferencia con otras novelas es que ésta nació sin ninguna pretensión y fue captando a sus personajes de los habitantes del propio foro y sus recomendaciones fueron atendidas "on line".

La novela somos nosotros. Nosotros somos lo escrito. Lo escrito es nuestro espejo deformado convenientemente para que lo que somos literariamente nos ilusione cada día. De cada personaje salió un héroe, el que todos llevábamos dentro y gracias a nosotros las cosas en el mundo funcionan mejor.

¿Qué más se puede pedir? Soñar es gratis, aunque a veces cuesta trabajo. Nosotros soñamos porque quisimos. Y soñamos muy bien.





13.- El final



"Ten muy presente que los hombres, hagas lo que hagas, siempre serán los mismos". MARCO AURELIO

"Lo pasado ha huido, lo que esperas está ausente, pero el presente es tuyo". PROVERBIO ÁRABE.

"La historia es testimonio de los tiempos, la luz de verdad, vida de la memoria, maestra de la vida, anunciadora de lo porvenir". CICERÓN.




Todo era verdad. Parecía increíble. ¡Todo era verdad! Me había costado horas y horas conseguir descifrar aquel viejo USB. ¡El Coyote existió, no cabía ninguna duda! Mi padre y él eran como hermanos. ¡Cuántos días y cuántas noches había esperado para encontrarme con esto! Aquellos ordenadores y el sistema operativo que utilizaban habían desaparecido hacía ya muchos años, esa fue la parte más difícil porque eran sistemas de escritura, sistemas táctiles. Mi trabajo de investigación por fin daba resultados. Aquel pequeño cofre de madera que mi padre escondía bajo llave como un tesoro guardaba el maravilloso secreto. Nunca me podré sentir más orgulloso de él. Ahora ya lo sé.
Durante veintisiete años los militares gobernaron España. Fueron años muy duros y nunca lograron que el país estuviera totalmente calmado. Ahora una huelga, ahora un boicot... Hoy, seis años después de su caída, la joven democracia española había renacido más fuerte que nunca. Ya no había bandos, aquellos absurdos bandos de antaño. Ni luchas fratricidas. Ni vencedores ni vencidos. Y todo gracias a un grupo de locos que desestabilizó durante ese tiempo a los militares y que consiguió que España entera hiciera causa común. Durante su mandato habían intentado averiguar cómo se comunicaban sin éxito alguno. Tampoco consiguieron averiguar quiénes eran los integrantes de la subversión. Los constitucionalistas hacían vida normal entre los sublevados. No supieron cómo detenerlos. Sólo sospechas. Alguna desaparición. Muchas detenciones. Pero nada. Extendieron su red por todo el territorio nacional. Ni la inteligencia militar pudo infiltrarse. Aquella finca sirvió de base y centro de comunicaciones de la resistencia, nunca lo averiguaron.

¿Quién lo hubiera imaginado? Josemi Juardo, dos veces ganador del Planeta y a la espera de recibir el Cervantes, era uno de ellos, de los más importantes. Ni sus libros ni sus apariciones en público hicieron sospechar nunca nada. Ahora yo lo sabía. Era el único que de momento lo sabía. Aquello era una bomba. Su última intervención fue para un programa de televisión. El Señor Juardo fue el encargado de hacer y leer el texto del sermón de bienvenida a la Virgen de la Macarena a Sevilla. ¿Quién iba a imaginar que el que la robó, era el que la recibía en su lugar de origen? Había aparecido misteriosamente en la puerta de la Basílica unos días antes. Perfectamente cuidada y más radiante que nunca.

Aquel grupo de chiflados había conseguido lo que se propusieron a través de aquel rehabilitado foro en internet. Comunicaciones en tiempo real bajo el secreto de los códigos y la encriptación de mensajes. Personajes nuevos y relativamente sospechosos aparecían y desaparecían habitualmente bajo el mandato de la inteligencia militar. No consiguieron descubrirlos. Bajo la apariencia de mensajes sin importancia, se escondían los verdaderos mensajes que ayudarían a caer a los militares. Aquel grupo creía en España, en su España, en la que siempre vivieron, no en la España de sangre y oro y fiestas por cada esquina. Creían en la España del trabajo en silencio, la de la igualdad de oportunidades, la de la razón y la ley, la España de la coexistencia sin traumatismos. La España en democracia.


Mi tío Pablo era el Ministro de Interior del nuevo gobierno progresista. Mi tío fue el falso traidor. Zorro fue su mano derecha. Ahora también. Siempre soñó con un cargo de gerente y ahora era Director General en el Ministerio ¿quién lo diría? Mi tío nunca habló de nada. Ni siquiera en las reuniones familiares que se producían a menudo. Ni una palabra que hiciera entrever la realidad. Todo era tan delicado que se debió comunicar con mi padre a través del sistema que inventó Juardo. La familia, a lo largo de los años, se juntó en diversas celebraciones. El comportamiento de Pablo siempre fue el mismo. Sí es cierto, ahora me doy cuenta, que el tema de la guerra y los militares siempre fue tabú, pero no es menos cierto que siempre pensé que era debido a la diferencia de ideologías entre mi padre y mi tío. ¡Qué equivocado estaba!

La mayoría de los miembros de aquel foro se habían colocado durante el Directorio Militar en puestos clave. Poco a poco, sin levantar sospechas. Su labor de acoso y derribo dio por fin resultado. Franpan, el loco del "franfumé", lo acabó comercializando y ahora tiene la mayor empresa tabaquera de Europa. Aclara es la presidenta del Tribunal Supremo. Durante mi entrevista con ella no saqué nada en claro. Ahora entiendo por qué una persona con ese cargo tan importante me recibió tan pronto. Pero todavía no se atrevían a contar nada. Habían sido muchos años de "doble vida", angustias y secretos y ninguno se atrevía a dar el primer paso. Escarolain acababa de hacerse cargo del Hospital de La Paz y Demonio, al que le gustaban tanto los coches, estaba a punto de jubilarse como Presidente de Seat. ¡Ahora entiendo aquella absurda huelga! Días y días de barricadas y paradas las cadenas de montaje, apoyados implícitamente por su Presidente. Era absurdo, el primer presidente de una gran empresa que apoyaba una huelga de obreros. Casi le cuesta el cargo, pero sobrevivió. Todo ello ayudó a desestabilizar. Todos hicieron algo por derribarlos.

Mi padre dirigió la Central durante 20 años. Cuatro años después de la victoria de los militares fue nombrado Director. Ni el último de los soldados podía imaginar siquiera que fue uno de los artífices de la caída de los militares. Ni siquiera nosotros, su familia, a quien siempre protegió con su secreto. Todas las noches se encerraba en aquella habitación, delante de su viejo "pentium", y pasaba horas y horas sin que nadie le pudiera molestar. Su carácter se volvía arisco cuando alguien entraba sin llamar a la puerta. Mi hermana y yo temíamos entrar en aquel cuarto. Ni siquiera mi madre intuía quién era en verdad mi padre. Nunca dijo nada. Tres años antes de la caída de los militares, cuando se encontraba trabajando en el Despacho de la Central, varios militares se lo llevaron. Rinconcete nada pudo hacer, a pesar de ser el Jefe del Estado Mayor. Nunca nos explicaron nada. Nunca supimos nada. Se lo llevaron. Simplemente.

Pero hoy estoy orgulloso de él, más que nunca. Y del Coyote, sea quién sea. No he conseguido todavía averiguar quién fue. Puede ser cualquiera. Ya da igual. Y de todos los demás, a los que ahora miro de otra manera. Consiguieron lo que se propusieron. Perseveraron y lo consiguieron. Hoy estamos de nuevo en Democracia gracias a ellos. Mark Doones ahora es el Alcalde de Navalmoral, el pueblo con mayor renta per capita del país. Mon es uno de los ganaderos más prósperos de la región. En su finca tiene una de las ganaderías de reses bravas más importantes del mundo de los toros, gracias, en parte, al conocimiento y ayuda de Clementain, que además es uno de los juristas mejor relacionados del país. Compró el despacho donde trabajaba y ahora se mueve por media Europa. Withy, Jabogón, Pocholiño, Mercedes y Aijas Leo también desempeñan y desempeñaron cargos importantes y fueron artífices de la victoria final. Mercedes, dueña de la editorial Mundo Sano. Jabogón ha sido durante quince años el entrenador del equipo de baloncesto del Real Madrid y ahora trabajaba para la radio como comentarista deportivo. Pocholiño con su cadena de restaurantes. Aijas con su Escuela de Idiomas y los cursos por internet y Withy accionista mayoritaria de las Destilerías DYC.

¿Quién me iba a decir que Korrone era el Director General de la cadena Per? Aquel viejo pelirrojo era el periodista más influyente de España. Oigo la radio todos los días y nunca pensé que su jefe era también uno de ellos, el de Radio Liberación, la mítica emisora. ¿Cómo podía imaginarlo? La semana pasada estuve con Balich, que trabaja mano a mano con él, y tampoco me dijo nada. Tampoco me extrañó en ese momento que me recibiera pronto cuando le dije quién era. Estoy seguro que me lo quería contar, pero no se atrevió. "Busca en las cosas de tu padre" fueron sus misteriosas palabras. Moraes hizo de su joyería una franquicia con tiendas por toda España: Estampaciones Moraes era el nombre de la cadena. Kurdo es el jefe del mayor sindicato de España, el Presidente de la OJETÉ.

Sin embargo, de algunos no he conseguido averiguar nada todavía: Cibor Caxa, Javi Tonavas, Pilo, Erpiti, Rosita… ¿quién sería Rosita? ¿Dónde estará? Parecía que se la hubiera tragado la tierra. Aquel alma poética había desaparecido. Puede que se quedara a vivir en Portugal con su príncipe azul. Puede que no. Quizás algún día lo averigüe. Tampoco he sabido el paradero de Pilo. ¿Continuaría con su doble vida? ¿Qué hizo durante el Régimen? Desparpajo tenía para sobrevivir sin problemas. Hay respuestas que no sé, todavía no sé. Puede que tampoco las sepa nunca. ¿Y Erpiti? Tampoco conozco su paradero. Si sé que no murió, escapó con vida de la emboscada en los Pirineos. Balich me dijo que había organizado la resistencia desde Pau, pero tampoco he podido averiguar nada más.

Después de la caída de los militares nos devolvieron a mi padre. Ya no hablaba. No decía nada. Casi cinco años estuvimos sin saber de él. ¿Loco? Mi padre no puede estar loco. No sabemos qué le hicieron, si le torturaron o no. Lo torturaron, seguro. Sus marcas en brazos y espalda decían que sí. Ahora no dice nada. Sentado en aquella silla de madera, mira el campo por la ventana sin decir palabra. Ahora sé que tampoco delató a nadie, debió sufrir mucho, pero no delató a nadie. El que se estaba volviendo loco era yo hasta que encontré el viejo llavero USB. Tenía que averiguar por qué se llevaron a mi padre y por qué nos lo devolvieron en aquel estado. Coyote escribió lo que pasó en aquellos días y se lo entrego a él, su amigo, su hermano. Lo guardo siempre. Era su tesoro. Ahora lo entiendo todo. Su cabeza sigue allí, en aquel mundo que le volvió loco por proteger a sus amigos. Pero precisamente eso me da esperanzas de que un día pueda volver a la realidad. Mi padre traerá de nuevo a su mirada que, perdida, está más allá de aquella ventana. Algún día traerá su cabeza del limbo en el que está. Desde aquella habitación del sanatorio, con un bolígrafo y un papel, sólo escribía y escribía. Siempre las mismas cosas. Siempre las mismas palabras. Siempre las mismas letras. Nunca supimos por qué lo hacía. Nunca supimos qué quería decir. Aquellas palabras no tenían sentido. Ahora sé que volverá de allí donde esté. Ahora tengo esperanzas. Mi padre volverá. De eso estoy seguro. Siempre escribía el mismo texto, las últimas palabras que dejó escritas Coyote en aquel USB:


"Cuando la alegría es un sueño, la esperanza sigue intacta. Cuando la alegría me inunda, el alma sólo se agranda. Cuando es traviesa alegría, descubre y salta montañas. Cuando esperamos alegres, nadie puede parar nada. La sorpresa y la paciencia harán que callen canallas, que viertan su sangre en ríos y purguen sus andanadas. Que por vencer y ganar esta lucha sin cuarteles, algunos de mis amigos cayeron sin los laureles de saberse agradecidos por la victoria final. Y vencerán los vencidos. Y perderá quién ganó. Porque está lucha escondida es para darle al traidor, para darle con el mazo de la ley y la razón".




FIN.

12.- El traidor




"Nunca pude admitir una utopía que no me deje la libertad que yo más estimo: la de obligarme". GILBERT K. CHESTERTON


Las palabras de Danipé nos habían descolocado a todos, pero parecía tener razón. El correo de Pablo era español y los correos españoles, con los servidores capados, no funcionaban. Bueno, no todos, funcionaban los que ellos querían que funcionaran. Y eso le había más sospechoso. ¿Pablo era un traidor? No podía ser. Pablo era el máximo valedor de los constitucionalistas. Había iniciado todo. La página de internet, el correo, la vida en la finca… Nos había mandado a por los códigos, conocía todos nuestros pasos, estaba en contacto con Kurdo en Lisboa,… ¿Para qué? ¿Acaso pretendía quedarse con ellos? ¿Era una forma de conseguirlos para los sublevados? ¿Doble espía? Si eso fuera así, estábamos perdidos. Conocía todos nuestros movimientos y los de los habitantes de la finca. Estábamos todos en peligro. Había que descubrirle como fuera.

Antes de despedirnos de Danipé y de Mark, trazamos el plan. Tendríamos que volver a la finca e intentar averiguar si Pablo era un traidor o no. ¿Pero cómo? Habíamos decidido no enviar el poema de Juardo al correo electrónico. Danipé lo copió en un USB y me lo entregó. Sólo si conseguíamos averiguar si Pablo era de los nuestros lo entregaríamos. Si sospechábamos lo más mínimo, deberíamos destruirlo y matar a Pablo. ¿Matar a Pablo? ¿Cómo íbamos a hacer eso si llegaba el momento? Pablo no podía ser un sublevado. Estabamos llegando de nuevo a la finca. Otra vez allí. Pero ahora el panorama era diferente. Ninguno de los cuatro había hablado ni una sola palabra en todo el viaje. No era para menos. Se nos habían caído todos los esquemas. Por mi cabeza llegó a pasar la idea de que lo mejor sería que nos detuvieran. Pablo era un traidor. O eso parecía. Todo se venía abajo. ¿Cómo encararíamos la situación? ¿Cómo se lo preguntábamos? Danipé se había quedado llorando. Pablo era su hermano, su único hermano, pero si era un traidor tendríamos que acabar con él. No había otra solución. El Cortijo se veía ya a lo lejos…

Franpan: Pues yo se lo pregunto directamente…
Aclara: Que no lo puedes hacer así, Fran.
Franpan: Nada, nada. Yo le digo ¿tú eres un puto traidor de mierda o qué?
Jabogón: ¡Tú te callas! No dices nada y esperas acontecimientos.
Franpan: Y cuando él me diga ¿traéis los códigos?, yo le contesto: Sí, "pa" que nos denuncies, "so cabrón".
Aclara: ¡Que no! Que primero tenemos que tantearle…
Franpan: Vosotros le tanteáis y yo, cuando se despiste, le pego un tiro en los "huevos".
Jabogón: ¡Pero qué burro eres!
Franpan: De burro nada. Lo que no se puede hacer en esta vida es "engañar con engaños" a un amigo. A un amigo se le dice la verdad, aunque duela.
-- Tienes razón Franpan, pero todavía no sabemos si está con ellos o no. Tenemos que averiguarlo.
Franpan: ¡Pues ya me dirás cómo…!

Zorro y Mon salieron a recibirnos. En la finca todo seguía igual. Enseguida nos preguntaron por el viaje y se quedaron un poco descolocados con nuestras respuestas. No traíamos los códigos, eso fue lo que les dijimos. Les contamos que Danipé y Mark esperaban nuestras noticias y que eran de los nuestros, cosa que no gustó especialmente a Zorro, que había considerado siempre a Danipé como un colaborador de los militares.

Mon: Pues ahora sí que estamos apañados…
--¿Por qué?
Zorro: Sin códigos y sin Pablo…
Jabogón: ¿Cómo que sin Pablo?
-- ¿Dónde está Pablo?
Mon: No lo sabemos
Zorro: Ha desaparecido.
Franpan: ¿Qué ha desaparecido? Os lo dije. Es un traidor.
-- ¿Cuándo ha desaparecido?
Mon: Después de iros vosotros.
Zorro: Cuando nos levantamos ya no estaba y no sabemos nada de él desde entonces.
Aclara: Entonces estamos todos en peligro…
Zorro: ¿Por qué?
Franpan: Porque va a ser, porque es un "puto" traidor.
-- ¡Calmaos! Puede que no sea así.
Jabogón: Las sospechas de Dani van a ser ciertas. Pablo es uno de los sublevados.
Zorro: ¿Pablo? ¡No jodas! Sabe todo de mí…
Mon: De ti, de mí, de aquel, del otro, de mi abuelo,… de todos, Zorro, de todos.
Zorro: ¿Y dónde voy a vivir ahora? A España no puedo ir y aquí ya no estamos seguros…
Aclara: ¿Qué hacemos?
Fran: Meterle un tiro en los "huevos".
Zorro: Si es un traidor vendrá con más gente…
-- ¡Vamos dentro y hablamos con todos! ¡Hay que darse prisa!

Aquella tarde fue una de las más tristes de los dos últimos meses. Y las más ajetreada. Pablo había desaparecido. Nadie sabía nada. ¿Nos habría traicionado? No sabíamos qué hacer. Tendríamos que marcharnos de la finca, sacar de allí a toda la gente. En principio la finca era el lugar más seguro para todos. En Portugal, que además apoyaba explícitamente a los constitucionalistas, nadie nos podía hacer nada. Pero si nosotros estábamos allí, nada impedía que miembros del ejército o algún comando se introdujera en Portugal y nos masacrara. Ya no estaríamos seguros si conocían nuestro escondite. Reuniones y reuniones en las que se acababan oyendo todo tipo de disparates. Así pasó la tarde. Si el final de la guerra era inminente y todos nuestros esfuerzos para el futuro se habían dirigido a aquellos códigos estábamos perdidos. Podríamos poner en marcha el sistema, pero Pablo sabía lo de los códigos y si era un sublevado, antes o después, se haría con ellos. Más bien antes se encontraría con alguno que se los diera. ¿Qué hacer? Nuestro secreto se había roto. Nuestras esperanzas también. Nuestro futuro se aparecía incierto…

-- ¡Nos tenemos que ir de aquí!
Withy: Sí, pero ¿a dónde vamos?
Escarolain: Y ¿qué hacemos con los heridos?
Zorro: No sé. En las películas los buenos se van y dejan a los heridos porque se supone que a ellos no les van a hacer nada…
Rosita: De eso nada, "salao". De dejar aquí a los heridos nada. Yo me voy a donde vayáis.
Balich: ¿Y toda esta gente? Seremos casi doscientos ¿qué hacemos?
Franpan: Hay que largarse, en eso estamos todos de acuerdo ¿no?
Mon: Sí ¿pero cómo? ¿a qué sitio?
Balich: El sitio es lo de menos. Hay que salir de aquí, como sea.
Aclara: Vamos a ver, los únicos que estamos en peligro somos nosotros.
Franpan: ¿Cómo?
Aclara: Que los únicos que estamos en peligro somos nosotros, precisamente sus amigos…
Mercedes: ¿Adónde quieres ir a parar?
Juardo: Pues está claro, clarísimo diría yo. Que nosotros somos los que tenemos que marcharnos. A los demás no les van a hacer nada.
Clementain: Eso es, si Pablo es un traidor lo único que quiere son los códigos. A esta pobre gente no les van a hacer nada…
Zorro: Pues entonces hay que hacer las maletas rápido...
Franpan: Sí hombre, las maletas… y después facturamos los equipajes….
Balich: Hay que llevarse sólo lo imprescindible, Franpan tiene razón.
Withy: … y preparar a esta gente ¿quién se queda al cargo de la finca?
Mon: Mi abuelo. A él le va la marcha y no se querrá ir.
Rosita: ¿Y yo?
Escarolain: Tú y yo nos quedamos. A nosotros no nos van a hacer nada. Yo tengo que cuidar a los heridos y tú no te puedes mover.
Rosita: … Está bien, pero que conste que no estoy de acuerdo.
-- ¿Y tú? ¿qué harás?
Petrífico: Yo me quedo. A mí no me van a hacer nada porque estoy protegido por el Señor. Éste es un lugar maravilloso y aquí esperaré hasta el final. Nunca soñé un lugar como éste para mi vejez. Id vosotros. La Virgen os protegerá…

Las noticias de las tres fueron peores aún. Se estaba acabando todo. León había caído sin resistencia y las tropas sublevadas avanzaban hacia el Norte. La lucha se desarrollaba ya en las calles de Bilbao y la Ría de Navía superada sin problemas. Bombardeos en Gijón y Oviedo. España estaba cayendo. España ya había caído. No faltaba nada para el desastre final. Francia e Israel habían reconocido el nuevo gobierno de los militares. El paso para ellos era fundamental: si los países extranjeros empezaban a reconocer el nuevo régimen se aceleraría todo. Llegaba el final. Era el final.

El salón de trofeos de caza del Cortijo se había convertido en el punto de reunión de la partida. Varias mochilas por los suelos. Víveres para unos días. Habíamos decidido echarnos al monte. Tendríamos que sobrevivir como pudiéramos y esperar acontecimientos. La finca tampoco iba a ser el refugio seguro que soñamos para los que se quedaban, el lugar donde cualquiera que llegara estaría a salvo. Los acontecimientos se volvían a precipitar. Mon parecía ser el único contento por aquella situación. Su estancia en la finca se estaba haciendo insoportable. Era el único ávido de aventuras, puede que por la influencia de su abuelo que últimamente parecía perseguirle a todos lados. Korrone estaba nervioso, era la primera vez que le veía así. Se mordía las uñas con la mirada perdida en el fondo de la chimenea. Había vivido situaciones mucho peores con el MSU y Radio Liberación, pero lo de Pablo le había descolocado. Casi ni hablaba. Se acercaba el momento de salir. Todo estaba preparado. Estabamos reunidos en el salón. De repente, alguien entró y gritó "¿Se puede saber qué estáis haciendo? Era Pablo.

Franpan: ¡A por él! ¡Sujetadle que le meto un tiro!
Zorro: ¡Agarradle! ¡Que no se escape…

Sin dar tiempo a que se explicara, Pablo fue reducido. Balich y Franpan le sujetaban y los demás estábamos preparados por si se le ocurría moverse, por si hacía algún movimiento extraño. Todo se había precipitado.

Franpan: ¿De dónde vienes "alma en pena"? ¿Nos ibas a dar "garrote"?
Pablo: ¿Se puede saber de qué habláis?
Zorro: ¡Joder! … Además disimula fatal.
Franpan: ¡Métele un tiro en los "huevos" Balich!
Pablo: ¿Pero vosotros estáis idiotas?
Balich: ¿De dónde vienes?
Pablo: De Lisboa.
Franpan: ¿De viaje de novios?
Pablo: Vengo de una reunión con el Presidente.
Franpan: Ya, ¿con el de los Estados Unidos y el de Mozambique?
Korrone: Dejadle que se explique. Callad.
Zorro: Pero que se explique bien, que me estoy poniendo muy nervioso y me conozco…
Pablo: Vosotros no estáis bien. Seguro que esto es cosa de mi hermano.
Korrone: Tu hermano no tiene nada que ver con esto. Él nos abrió los ojos, pero nada más.
Franpan: ¡Canta rapidito, colega! Y di algo que nos podamos creer porque la horca está ya calentita. Te está esperando. Canta, aunque sea el "gavilán o paloma"…
Pablo: ¡Mira que sois brutos! Vengo de Lisboa. Traigo noticias nuevas.
Franpan: El "Buruaga" también contaba cosas nuevas y le despidieron… así que no te hagas el interesante y habla. "Asín son las cosas…"
Pablo: La guerra se acaba. Mañana harán el comunicado los presidentes. Todos juntos. Es el final.


Pablo venía de Lisboa. Era el final. Eso decía. Todo había acabado. En Lisboa estaban los principales responsables de los partidos democráticos de España. Zapatero, Aznar, Felipe González y Alfonso Guerra, a los que el destino había vuelto a juntar, los presidentes autonómicos, con la única excepción del catalán, del que nada se había vuelto a saber desde el inicio del conflicto. Harían una declaración conjunta. Un manifiesto en el que se instauraba el Gobierno Democrático en el exilio. La guerra había terminado. Esa era la señal. Ahora había que poner todo el empeño en echar a los que se habían apropiado la libertad de un pueblo. Ahora comenzaría un nuevo trabajo. Pablo intentaba convencernos de que todo lo que decía era verdad. La mayoría, aunque eran creíbles sus apreciaciones, no confiábamos ya en él. ¿Por qué se fue sin decir nada? ¿Quién le avisó? ¿Qué pasaba con el correo español de la página de Alegreactiviti? Había muchos cabos sueltos y tendría que explicarse. Tendría que convencernos de que lo que decía era verdad y algunos no estaban por la labor.
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El manifiesto estaba preparado. Desde el final de la Guerra Civil no había habido un gobierno en el exilio. Portugal apoyaba firmemente aquella declaración, siempre ayudó a la causa de los constitucionalistas. Daba refugio y mantenía económicamente al Presidente y a los políticos españoles. Hasta un anciano Calvo Sotelo, efímero presidente del país, hizo de Lisboa su casa. Los líderes españoles al unísono. ¿No podían haberlo hecho antes? Siempre nos uníamos cuando ya no había solución. Aquel era el verdadero mal de los españoles, parecía heredado de generación en generación y durante siglos. Siempre los mismos errores. Los últimos meses antes de que estallara el conflicto sólo se respiraba tensión. No había intervención pública en la que un político o un partido no culpara de todos los males al contrario. Acusaciones sin sentido que crisparon el ambiente como nunca antes se había visto. Tensiones innecesarias en un país que se había convertido en la envidia de Europa. Bajaba el paro, la economía crecía a un ritmo desbordante, las empresas españolas triunfaban no sólo en España sino también en cualquier país en el que se establecían y, desde los tiempos de Felipe II no ocurría, empezaban a considerarnos como gente seria. Serios y trabajadores.

Pablo inició de forma directa su explicación. A estas alturas se había dado cuenta de forma nítida que aquello no era ninguna broma. Su vida corría peligro y debía ser claro. Tenía enfrente a los que siempre fueron sus amigos, deseosos, por otra parte, de que su información fuera verdad. Pero las cosas no pintaban bien. Nada bien.

Pablo: La mañana que os fuisteis a Navalmoral vino a buscarme Javi Tonavas. Coyote le conoce, es el individuo que le recogió del Bar La Plaza de Valencia de Alcántara y le trajo por primera vez a la finca. Vino a por mí para llevarme a Portugal. El Presidente necesitaba organizar el nuevo gobierno y el primer paso era crear las infraestructuras. Reclamaba a los suyos para el golpe final. Por eso me fui sin decir nada. Acudí a la llamada de Portugal. Me recogió con la furgoneta y me dijo que nos teníamos que ir. Eso es todo. Por eso no avisé. No me dio tiempo.
Mercedes: ¿Y el correo? ¿Cómo explicas lo del correo? ¿Por qué si la página es portuguesa el correo es español?
Pablo: Eso no tiene importancia. Es cosa de Javito. Él es el titular real de la página y creo que tiene redireccionado el correo a Portugal. Es una tapadera. Él es el enlace con Lisboa y con España. Él es quien me informa de los movimientos políticos. Él fue quién me avisó de tu llegada –dijo mirándome fijamente – y al que tuve que dar permiso para que te recogiera. Yo no sé cómo lo hace. Si sé que me avisa de todo y que es mi enlace con el exterior.
Las explicaciones de Pablo estaban empezando a cuadrar, cuando menos eso me parecía a mí. ¿Nos habíamos equivocado con él? Las caras de los presentes empezaban a cambiar, sus gestos aparecían ahora más relajados. Le dejamos que siguiera hablando y terminara sus explicaciones. Franpan y Balich le habían soltado. Ahora sí hablaba con convencimiento.

Pablo: La guerra ha terminado. El manifiesto de Lisboa es el fin. Hay que prepararlo todo para resistir y echar a los militares. ¿Tenéis los códigos?
Zorro: ¿Y si no los tenemos?
Pablo: Si no los habéis traído lo pasaremos mal. Los códigos son necesarios. He dado mi palabra en Lisboa. Les dije que los conseguiríamos.
Balich: ¿Y cómo nos podemos fiar de ti?
Pablo: ¡Vamos fuera y lo comprenderéis!

Salimos rápidamente de la casa y nos encontramos de bruces con un pequeño camión. A través de los cristales se dibujaba la figura de dos hombres. Franpan fue directo a la parte trasera del vehículo y abrió el compartimento de las mercancías. Aquel camión estaba lleno de ordenadores, impresoras y artilugios informáticos. Del camión se bajaron aquellos dos individuos. A uno no le conocíamos de nada. Dos metros de estatura, gomina en el pelo, y cartuchera por debajo de los hombros. Debía ser un guardaespaldas. La imagen del otro nos dejó impresionados a todos. Vestido con unos pantalones de tela gris y una camisa blanca. Barba poblada, muy poblada, y poco pelo. Nos dejó impresionados a todos menos a Franpan, que se había introducido en el camión y no vio nada.
Zorro: ¡Es Ruseacaba!
Aclara: ¿Quién?
Zorro: ¡Ruseacaba! La mano derecha del Presidente.
Balich: ¡No jodas!
Zorro: Os lo dije…
Mercedes: ¿Nos dijiste qué…?
Zorro: Os dije que Pablo no podía ser un traidor. Pablo siempre ha sido uno de los nuestros. No nos podía engañar.
Korrone: ¡Qué cara tienes, Zorro!

Pablo continuó en el exterior con la conversación después de presentarnos a Ruseacaba. Aquel individuo era bastante más feo que lo que transmitía su imagen televisiva. Hicimos un círculo a su alrededor, expectantes ante lo que nos pudieran decir.
Pablo: ¿Tenéis los códigos o no? ¿Me creéis ahora?
Franpan: ¡Cómo nos lo vamos a pasar! – interrumpió gritando mientras asomaba su cabeza por el lateral del camión -. Esto está lleno de "chismes" de los que a mí me gustan. ¡Han venido los Reyes Magos!
Escarolain: Pero ¿para qué es todo eso?
Pablo: La finca va a ser el centro de comunicaciones de la Resistencia. Traemos los equipos informáticos necesarios para que esto ser convierta en la base de operaciones. Desde aquí nos comunicaremos con todos. ¿Habéis conseguido los códigos?
¡Aquí están! –Le dije mientras sacaba el llavero U.S.B del bolsillo y se lo entregaba-
Pablo: Pues ahora, os dejáis de tonterías y películas de guerra y vamos a descargar el camión. Hay que montar los equipos rápidamente y probar el sistema.

Franpan bajó del camión y se dirigió a Ruseacaba, le pasó la mano por encima del hombro y le dijo:
Franpan: ¿Te conozco? ¿No nos hemos visto antes? Tu cara me suena…
Ruseacaba: Esto….
Franpan: ¿Conoces el Franfumé? ¿Sabes lo que es?
Ruseacaba: No, la verdad es que…
Franpan: Pues ven conmigo "coleguita" que lo vas a "probá". Vas a flipar en colores coloraos…
Continuará...

11.- Los códigos




"El secreto que pusieran en tu pecho, guárdale con mayor lealtad que si te hubiese fiado un gran tesoro" Juan Luis Vives



Giorgio Rinconcete era un amigo de la infancia. Había estudiado siempre con los dos. Era un buen tipo, pero era militar de carrera y no me podía fiar del todo. Aunque Danipé dijera que era de los nuestros, a mí no me cabía en la cabeza que alguien con rango de general no estuviera con los sublevados. Navalmoral estaba totalmente controlado y no había ningún problema. Lejos del frente y con cientos de militares por toda la zona era un lugar seguro, el más seguro quizás. Pero yo no me podía fiar. Le insistí en que no se le ocurriera ni por sólo un momento contarle que estábamos aquí, a lo que accedió sin mostrar oposición. En la habitación del hostal nos esperaban los demás. La cara de Danipé había cambiado, hasta las ojeras parecía que le hubieran desaparecido de su cara. Después del barullo provocado por el encuentro, le pusimos al día de todas nuestras andanzas. Le contamos todo lo que se cocía en la finca y el viaje con Petrífico, del que se alegró profundamente. Aunque Danipé y el cura habían estado media vida juntos, sus caracteres no llegaron a casar del todo. "Te temo cual vara verde", eran las palabras que Petrífico siempre le dedicaba con cierta sorna cuando se veían.

La habitación no era muy grande, pero suficiente para acoger a cinco personas. Debatimos durante largo rato qué hacer. Danipé no sabía si el poema de Juardo estaba en lo que él había grabado o no. Aquel viejo llavero USB tenía una capacidad limitada y en el foro se había escrito mucho, muchísimo. ¡Hasta un libro se había escrito por entregas por uno de los "foreros" durante la última etapa del foro! Hasta que no viéramos lo que había grabado no sabríamos si el viaje había valido para algo o no. Hasta que no se hiciera de noche no podríamos saberlo. Danipé tenía el ordenador y el USB en su casa. Era el único sitio seguro para verlo. Pocholiño nos subió a la habitación una botella de whisky y unos refrescos que bebimos hasta agotar en compañía de Danipé.

Danipé: Tendremos que hacerlo esta noche.
Franpan: ¿Y para qué esperar tanto?
Danipé: Antes no se puede. Hay muchos militares por las calles y tampoco me fío de mis vecinos. Tendréis que ir esta noche a mi casa y de dos en dos. Mark también libra esta noche y nos echará una mano.
Aclara: ¿Mark?
Danipé: Sí. Tú lo conoces. Mark Doones, aquel inglés del viaje a Europa…
Aclara: ¿El Bardo?
Danipé: El mismo que viste y calza.
-- Y ¿qué hace aquí ese? ¿No trabajaba como Sereno o algo así?
Danipé: Casi. Trabaja en el turno de noche en la Central y vive conmigo. Es un buen tipo. Esta noche le veréis.
Franpan: ¿Y en tu casa tienes "botellitas" de whisky como éstas del Pocholiño?
Jabogón: ¡Franpan, que esto es muy serio!
Franpan: ¡No te equivoques nunca! Serio se pone el hombre si no tiene algo que engañe su conocimiento. Cuando un hombre engaña a su conocimiento sonríe. No me preguntes por qué pero sonríe. Incluso se llega a "descojonar".
Danipé: No te preocupes, Fran, algo para beber habrá. Los militares me hacen de vez en cuando algún que otro regalo…
Franpan: Algo bueno tenían que tener esos "hijos de puta"…
Danipé: Y ya sabéis: no hagáis ruido. Primero que vayan Aclara y Jabogón, agarrados de la cintura, como si fueran pareja, y, cinco minutos después, Coyote y Franpan.
-- Así lo haremos. A las nueve y media estamos allí.

Mark Doones era hijo de ingleses, pero español de nacimiento. Siempre le gustó mucho viajar: La Patagonía había sido su último destino antes del conflicto. Algunos le llamaban cariñosamente "el Bardo" en recuerdo del entrañable personaje de Asterix que siempre acababa atado a un árbol mientras los demás estaban en el banquete. No sé de dónde venía su nombre pero sus salidas nocturnas hacían que el final de cada noche se asemejara al del personaje en muchas ocasiones: No acababa atado, pero en alguna ocasión terminó "esposado" en las dependencias policiales. Personaje nocturno donde los hubiera, el turno de noche de la Central era el lugar ideal para alguien que hacía vida como las lechuzas.

Teníamos que darnos prisa. Las noticias de las nueve habían sido desesperanzadoras. Los sublevados tenían arrinconados en el Norte del país al ejército constitucionalista. Ahora sí estaba cerca el final. El desenlace sería cuestión de días. León, Oviedo, Gijón, Santander y Bilbao eran los únicos núcleos grandes en población que sobrevivían al infierno. Por el Oeste la Ría de Navía y el Embalse de Arbón hacían frontera con la España sublevada y había logrado detenerlos un poco. Por el Este había caído Durango. El Puerto de Bilbao era un hervidero de gente intentando huir como podía. Cualquier embarcación era buena para salir de España con dirección a Francia. Y desde Santander a Inglaterra. Por el Sur ya estaban a las puertas de León. El desastre era inmediato. Se hablaba incluso de capitulación. Pero ¿quién la firmaría? El Presidente seguía en Lisboa y nada indicaba que pensaran en una rendición. Había llamado a sus mandos más fieles para darles las últimas instrucciones.

Jabogón y Aclara habían llegado antes que nosotros. Franpan y yo acabábamos de entrar. Allí estaba Mark esperando. En medio del salón, tenían montado los ordenadores: dos monitores, varias cajas y un montón de cables y luces por todos lados. Aquello parecía cualquier cosa menos el salón de una casa familiar. El entretenimiento de sus habitantes parecía ser la informática. Danipé apareció desde el pasillo con un pequeño cofre de madera que estaba cerrado con un gran candado, totalmente desproporcionado con el tamaño de aquella cajita de madera. Introdujo una pequeña llave que tenía guardada en un bolsillo y la abrió. Sacó dos llaveros USB del interior. Si el poema de Juardo no había sido borrado, estaría en uno de ellos.

Mark: ¿Habéis visto las noticias? La cosa está muy mal.
Aclara: Nos tenemos que dar prisa. Tenemos que volver a la finca inmediatamente.
Franpan: ¡Vaya "virguería"! ¡Qué pedazo de máquinas habéis "montao"! ¿Y esto funciona?
Danipé: No te dejes llevar por las apariencias. El equipo que tenemos aquí, para lo mal que están las cosas, es de lujo. ¿Sabes lo difícil que es encontrar componentes?
Franpan: Pero si estoy "alucinao". De verdad. ¿Utilizais el HPFS? –dijo mientras se sentaba en uno de los puestos y empezaba a manejar aquel ordenador-
Jabogón: Y ¿qué "coño" es eso?
Franpan: Ostin, pues el High Performance File System, un sistema de archivos de alto rendimiento que utiliza el OS2 opcionalmente para organizar el disco rígido en lugar del habitual de FAT.
Aclara: ¡Esto sí que es una sorpresa! Franpan es un genio de la informática.
Franpan: Tanto como un genio no. Pero casi. Mi vida son los bytes. ¡Un modem HSP! No necesitais chips especiales. ¡Qué listos! ¿Funcionan el concentrador HUB y el HX?
Danipé: Sí, funciona todo. Quítate de ahí que tenemos que trabajar –dijo metiendo cada llavero en un puerto de cada ordenador-
--¿Qué tenemos que hacer?
Danipé: Hay que buscar el poema. No guardé ningún orden cuando descargué los mensajes. Tenemos que buscarlo. Unos aquí conmigo y otros en ese con Mark. El que lo encuentre que avise. No toquéis nada.

Cientos de mensajes pasaron ante nuestros ojos. No pudimos evitar leer de nuevo algunos de ellos. Pero el poema no aparecía. Empezábamos a desesperarnos. El viaje no había valido para nada. Tanto riesgo para nada. No podía ser. Las noticias de la guerra eran peores. Danipé no los había guardado en orden. Se los había descargado por lo que él entendía como prioritario. Aunque nadie decía nada, la tensión era grande. De repente nos sobrecogimos con la voz de Mark. "Lo tengo, lo tengo, ahí está. Tiene que ser ese".


PLANTO POR LA VIRGEN DEL BESAMANTO
No estabas en la Montaña, tampoco en Santa María. España ya no España, ¡ay Virgen del Besamanto, gloria de la tierra mía! Pero ya todo es espanto y Cáceres un erial ¿estará tu santuario en el árido ferial? Recuerdo los luminosos días de abril y de paz en que besaba tu manto en las fiestas del Guomaz. 15JH

Danipé: ¿Y ahora qué?
-- Hay que meter el código.
Danipé: ¿Qué código?
-- El que nos ha dado Juardo. Tenemos que intercalar la contraseña. Detrás del "15" hay que poner "Ciudad". Detrás de la "J", hay que poner "Vaticano" y detrás de la "H", "23-11-04". Después pulsar la tecla intro.
Danipé ¿Ya está?
-- Sí. Es lo que nos ha dicho.
Danipé: Pero ¿qué coño significa todo eso?
-- Pues la información está guardada bajo "15JH" que significa "15 de julio" y "hombre", la fecha de su nacimiento y su sexo. Lo que ponía en la ficha de su perfil del foro.
Danipé: ¡Ya! Y se desencripta poniendo Ciudad del Vaticano y la fecha esa ¿no? ¡Vaya idiotez!
-- Eso es. El lugar de nacimiento que ponía Juardo en la ficha de su perfil y la fecha en que se dio de alta en el foro. Así es Juardo, ya le conoces.
Jabogón: ¿Y eso es ultra secreto? ¿Para eso hemos hecho el viaje?
Mark: Esperad. Tened paciencia. Voy a hacerlo a ver qué pasa.

Mark introdujo la clave como nos había dicho Juardo y pulsó la tecla intro. Inmediatamente empezaron a salir cientos de letras y números. Letras y más letras. Números y más números. Eso debía ser la informática cifrada pero ninguno entendía nada, menos Franpan que miraba la pantalla con cara de asombro. Ahora tendríamos que seguir las instrucciones de Pablo. Tendríamos que enviarlo por correo electrónico a su dirección. Danipé entró en internet e introdujo la dirección de ALEGREACTIVITI, la página de la empresa de comunicación portuguesa que me sirvió de enlace con los de la finca. Revisó todo de arriba abajo. Abrió todas las pestañas. Por fin vio la dirección de correo de Pablo: sinpensániná@piedra.es.

Franpan: Son archivos binarios. El cifrado se basa en certificados X.509 y el uso de VPN cifrada.
Aclara: ¿Pero qué dices?
Franpan: ¡El Juardo es un artista!
Danipé: La verdad es que el Juardo se lo ha currado.
Jabogón: Pero si lo descubrió por accidente…
Franpan: Claro. Pero hasta en los accidentes hay que estar. El Doctor Fleming descubrió la penicilina de "chiripa". Se le olvidó tapar el "taperware". Pero ¿de quién era el taperware?
Aclara: ¡Qué simpleza y qué claridad, amigo mío!
Franpan: Llámame genio, simplemente. Venga, Danipé, dale al botón "sin pensá ni ná".
Danipé: No.
-- ¿Cómo que no?
Danipé: ¡Que no!
Franpan: Pero ¿qué dices? Dale que nos tenemos que ir.
Danipé: ¡Que he dicho que no!
-- Pero ¿por qué?
Danipé: ¡Está con ellos!
Jabogón: ¿Quién?
Danipé: Mi hermano está con ellos. No me fío.
Franpan: ¿El Pablanga con ellos? ¿Tú eres el listo que todo lo sabe? Anda ya…
Danipé: Mi hermano está con los sublevados.
Aclara: Pero si nos ha mandado aquí. No puede ser…
Danipé: Mirad la extensión de su correo. Es un correo español y la página es portuguesa. Algo no cuadra.
Jabogón: Joder Dani, es tu hermano.
Franpan: Sí, pero eso no tiene nada que ver. Ahí le doy la razón. Los hermanos Calatrava son hermanos y mira cómo es uno y cómo es el otro.
Mark: Entonces ¿qué hacemos?
Danipé: No sé. Dejadme que piense.
Continuará...


10.- El misterio

"Una verdad sin interés puede ser eclipsada
por una falsedad emocionante" Aldous Huxley.



Habíamos salido de la finca temprano. La finca era una maravilla al amanecer. El campo extremeño era muy generoso y ya nada indicaba que se hubiera quemado todo hace unos años. Extremadura, a pesar de los tópicos, era verde durante nueve meses del año, pero sus altas temperaturas en verano hacían que cada temporada estival fuera un suplicio para la lucha contra los incendios, unas veces fortuitos y la mayoría de las veces intencionados. Nadie podía parar eso. Cuando el fuego empezaba en la sierra extremeña no había medios técnicos para pararlo. Hacer cortafuegos estaba prohibido y los antiguos, los hechos por el desaparecido ICONA, si se querían limpiar, había que hacerlo a mano. El descolinamiento, como lo llamaban, había que hacerlo manualmente en pleno siglo XXI y contratar braceros como en la Edad Media. Aclara conducía el coche. Jabogón y Franpan estaban sentados en la parte de atrás, mientras yo me entretenía curioseando un mapa con las carreteras y caminos que tendríamos que coger, tanto las principales como las secundarias en caso de apuro. Jabogón no paraba de recriminar a Franpan su comportamiento, se encontraba con fuertes dolores de barriga por el atracón de la noche anterior.

Franpan: ¡Para! ¡Para el coche que voy a vomitar!
Jabogón: Te lo dije. ¿Sabes cuánto pesa un lomo de cierva?
Aclara: No era una cierva, que era macho y muy macho.
Jabogón: Pues eso. Se te ha cortado la digestión. El lomo más pequeño pesa por lo menos un kilo.
Franpan: ¿Un kilo?
Jabogón: Un kilo por lo menos, "salao". Si alguien "se cena" más de un kilo de carne, con ciruelas, setas, vinagre y pimienta, todo ello regado con un litro de vino malo de pitarra, lo más normal, normalísimo diría yo, es que se le corte la digestión.
Franpan: ¡Para Aclara que vomito!

Detuvimos el coche en el arcén de la carretera. Franpan había ido detrás de unos matorrales a devolverle al campo lo que siempre fue del campo. No habíamos encontrado ni un solo vehículo hasta allí. La carretera otra vez desierta y Brozas se encontraba apenas a cuatro kilómetros de distancia. Entre los papeles que había enviado Moraes se encontraba uno del Gobierno Militar de Cáceres autorizando la cuadrilla y que ahora guardábamos como si se tratase de un tesoro. Sólo hubo que poner nuestros nombres en aquel papel. Luego, ropa de cazador, unos fusiles y unos brazaletes negros en el brazo derecho. La cuadrilla de la "buena muerte", como la empezó a llamar Franpan siniestramente. El único problema que podríamos tener en el camino era la falta de gasolina. En aquellos días, las cuadrillas podían recargar combustible en las pocas gasolineras que permanecían abiertas, pero necesitaban unos bonos que extendían los militares a los "autorizados" y que lógicamente no teníamos. Para evitar esto, habíamos metido en el maletero del coche dos bidones de gasolina portuguesa camuflados entre la ropa de "cambio".

Mientras observábamos a Franpan, que volvía cabizbajo de su heroica gesta, un vehículo con dirección a Valencia de Alcántara se detuvo bruscamente unos cuantos metros más adelante del nuestro. Era otra cuadrilla, pero ésta era auténtica. Era una cuadrilla de los sublevados. Aquel viaje parecía torcerse, no empezaba bien. Del vehículo salió un individuo que con ostensibles gestos de mando impidió que los otros ocupantes que le acompañaban se bajaran. Era Pilo. ¡Joaquín Pilo otra vez! Estábamos de suerte. O eso creíamos.

Franpan: ¡Estamos muertos! ¡Es el Pilo! ¡Dame el fusil que ahora sí lo mato…!
-- ¡Calla Franpan! ¡Estate quieto que es de los nuestros...!
Franpan: ¡Los cojones me voy a estar quieto! A ese le meto un tiro que le destrozo "la puta la barriga".
Jabogón: Que sí, que es de los nuestros Franpan. ¡Estate quieto que vas a fastidiar todo! Trabaja con Moraes en la Joyería y el salvoconducto que llevamos lo ha falsificado él. Seguro.
Franpan: ¡Me "cago en los cojones"! Espero que sea verdad...
Aclara: Tiene que ser verdad Fran. Si te dicen que te estés quieto…
Franpan: Yo no suelto el dedo del gatillo por si acaso… Como "se me tuerza" le meto un tiro en los "huevos".
-- ¡Calla y disimula! Que no le oigan los otros.

Con paso alegre y firme, que en nada hacía recordar sus continuos ataques de gota, Pilo se acercó a nosotros. Nos había reconocido de inmediato, no había la menor de las dudas. Se cuadró y nos hizo un saludo con el brazo extendido al frente y la palma de su mano abierta hacia abajo, al que respondimos Jabogón y yo de forma inmediata e inconsciente. Franpan no soltaba el fusil y Aclara parecía bloqueada. La situación, aunque tensa, se tornaba incluso absurda por quiénes componíamos la cuadrilla. No dejaba de ser nuestra primera actuación en el nuevo teatro de los sublevados. Aquello, de salir bien, nos serviría de piedra toque para actuaciones venideras.
Pilo: ¡Joaquín Pilo, el brazo armado de la sublevación! – dijo gritando para que le escucharan los ocupantes de su vehículo -.
Franpan: ¡Aquí la cuadrilla de la "buena muerte"!… "No te jode"
Pilo: Hablad bajo, que no oigan la conversación los que van en el coche… que no se enteren de nada. ¿A dónde vais?
Franpan: ¡A ti te lo vamos a decir! ¡Estás "grillao"!
-- A Navalmoral, a ver a Danipé – le dije mientras recordaba que Moraes nunca se llegó a fiar del todo de Joaquín- . Pero no podemos contar más… lo tienes que entender.
Pilo: Lo entiendo, lo entiendo… Lo mejor es no saberlo: si algo no sé, no lo puedo contar. ¿Es ese el secreto?
Franpan: ¡Eso es! Has "acertao" de pleno "plenamente".
Pilo: ¿Vais por Plasencia?
Aclara: ¿Por dónde si no…?
Pilo: ¡Ni se os ocurra entrar! Esta noche ha habido "fiesta" y hay controles por todos lados. Los del MSU la deben haber liado gorda esta vez. Tenéis que ir por la autovía. No entréis en Plasencia. Es más seguro que vayáis por la autovía. Más rápido y más seguro.
Jabogón: Pensábamos ir por "secundarias"…
Pilo: Es más seguro por la autovía, insisto.
-- Y ¿Almaraz? Habrá controles por todos sitios…
Pilo: No pasáis por allí. La nueva autovía os deja un poco antes de Navalmoral y ya pasado Almaraz, que es donde hay más controles. Hacedme caso.
-- ¿Cómo está Moraes?
Pilo: Bien, ayer estuve con él. Va todo bien.
-- Dile, cuando le veas, que Withy no fue a Sevilla. Se vino conmigo a Aracena. Que envíe otro reloj al militar.
Pilo: ¿Withy?
-- Sí, tú dile solamente eso. Él lo entenderá. Dile que está bien y que no la espere.
Aclara: ¿Damos el pego como cuadrilla?
Pilo: Casi…
Franpan: ¿Cómo que casi…? Vamos "niquelaos".
Pilo: Van "niquelaos". Todos menos tú. Cámbiate el brazalete. Se lleva en la derecha.
Franpan: ¡Joder!
Pilo: ¡Que tengáis suerte!
-- Gracias Joaquín.

Se despidió de nosotros con otro saludo al frente al que respondimos todos esta vez, incluido Franpan, al que por saludar se le cayó al suelo el fusil. Era la segunda vez que nos dejaba pasar. Quizás Moraes estaba equivocado y Joaquín sí era de fiar. No lo sabíamos todavía. Hasta que no terminara el viaje no podríamos saber si era de los nuestros o no. Nadie le impedía que nos denunciara y fuéramos detenidos más adelante por otra cuadrilla o que nos tendieran una emboscada los militares. Aunque en la conversación con él me había equivocado: Pilo no sabía nada de Withy y yo le había hablado de ella. Se extrañó, pero tampoco dijo nada. Él no estuvo en casa de Cibor. Moraes había evitado explicar al resto de colaboradores que Pilo era de los nuestros. Le había permitido trabajar para él y hacer falsificaciones, pero nada más. Ni siquiera le dijo la hora ni el lugar del que tendríamos que salir cuando fuimos a Aracena. El único consuelo que me quedaba es que gracias al encuentro, ahora Moraes no tendría problemas: enviaría un nuevo reloj al Coronel Sonao y nadie sospecharía de él. Podría seguir haciendo su trabajo.

Navalmoral era un pueblo con mucha actividad. Cabecera de la comarca del Campo Arañuelo, lugar estratégico desde hacía mucho tiempo. A tiro de piedra de las comarcas de La Vera, La Jara o Las Villuercas y a 180 kilómetros de la capital de España. Con la construcción de la Central Nuclear en el vecino y pequeño pueblo de Almaraz su desarrollo económico había eclosionado. Sin embargo, ahora parecía olvidar su historia. En la Guerra Civil fue frontera entre nacionalistas y republicanos, hecho éste que le costó varios bombardeos, con heridas todavía visibles en algunos de sus edificios más antiguos. Navalmoral había sido roja y republicana. Muchos de sus hijos murieron en ese empeño. Sus nietos ahora nada podían hacer. ¡Quién la había visto y quién la veía ahora! La Central Nuclear, de un interés estratégico mayúsculo en la guerra, había hecho que toda la zona fuera inmediatamente controlada por los militares, que ahora atestaban sus calles. No se podía dar un paso sin ver soldados.

El Hostal Cholla estaba en el cruce de la carretera de Talayuela. Ese era nuestro destino, donde podríamos comer y dormir, si fuera preciso. Además era el lugar ideal para controlar a Danipé ya que a la otra parte de la carretera, un poco más allá, estaban Los Ramados, antiguo Hotel Tranquilía de los años setenta que había sido transformado recientemente en lujoso Restaurante y donde los militares y sus simpatizantes se reunían, bien a comer, bien a beber. Era su punto de encuentro. Según Jabogón, Danipé siempre estaba allí. Era raro el día que no comía o cenaba en aquel lugar. Nosotros tendríamos que controlar el restaurante desde el Cholla. En el momento en el que apareciera Danipé, yo tendría que salir a buscarle. Tendría que tantearle primero para que no sospechara y, después, traerle al Cholla para que hablara con los demás.

Pero nuestras sorpresas no acabaron ahí y la situación se nos puso otra vez de cara. De nuevo habíamos tenido suerte, excesiva quizás. Cuando llegamos al hostal nos encontramos de bruces con Pocholiño: era el encargado del Cholla. Titi Pocholiño o Pocholiños Brown, como a él le gustaba llamarse, antiguo miembro del foro que un día desapareció sin dejar casi rastro. Su único recuerdo fue un CD con viejas canciones que grabó junto a algunos miembros del foro. Trabajaba como aparejador en la rehabilitación del Cholla cuando estalló el conflicto. Los dueños del hostal huyeron a toda prisa por temor a que los fusilaran por sus antecedentes familiares marxistas y confiaron aquel lugar al bueno de Pocholiño, que se ofreció de buen grado por no tener a dónde ir.

La alegría fue inmensa. La tranquilidad para los miembros de la cuadrilla de la "buena muerte", mayor. Aparte de la información que nos proporcionó sobre los extraños movimientos en Los Ramados, donde además se hacían todo tipo de negocios, nos facilitó tres habitaciones en el hostal que daban a la carretera. Así podríamos controlar todo mejor. Hacíamos guardia en las ventanas por turnos hasta que alguien viera a Danipé. Pocholiño nos había dado de comer estupendamente y nos habíamos podido duchar con jabón bueno y toallas con olor a suavizante. Aclara bajó de la habitación pálida, conocía a Danipé de un viaje que hicieron años atrás a Israel.

Aclara: ¡Está ahí! ¡Está ahí! ¡Es él!
Franpan: ¿Pero dónde?
Aclara: Ahí, en la puerta del restaurante, hablando con ese militar.
Franpan: ¡Cago en la leche! Militar dice… si es un general, por lo menos
-- ¡Es él!
Jabogón: ¡Coyote tienes que ir a por él!
-- Esperad a que se vaya ese. Cuando se despida del militar…
Franpan: ¡Ahora! ¡Corre!

Crucé la carretera rápidamente. El encuentro con Danipé había hecho que se me volvieran a caer algunas lágrimas. Estaba más delgado y sus ojeras delataban que no lo estaba pasando bien. No hizo falta decir nada, en su mirada se veía claramente que a pesar de lo que pudiera parecer, Danipé no estaba bien. Parecía triste. Demacrado. ¿Deprimido quizás? Fuera lo que fuere lo que le estaba ocurriendo no podía ser bueno. Su aspecto no era bueno. Cuando se abrazó a mí lo noté enseguida: aquel debía ser el único abrazo sincero que había recibido en mucho tiempo. Ahora la cara se le iluminaba. Danipé no podía estar con los sublevados, eso no podía pasar. Nunca.

-- ¿Quién era ese?
-- ¿El militar?
-- Sí ¿es amigo tuyo?
-- Y tuyo también…
-- Yo no tengo amigos militares, no me "jodas".
-- Pues ese es amigo tuyo. Ha cambiado algo, pero le conoces bien. Gracias a él soy un privilegiado en la Central.
-- … un privilegiado y un cabrón, por las noticias que me han llegado.
-- Seré lo que tú quieras pero mi familia está antes que todo esto…
-- Pero si tu mujer está mosqueada contigo. No entiende qué te está pasando…
-- ¡Ya se enterará! Es más seguro que ella no sepa nada.
-- Pero ¿quién era ese?
-- El general Rinconcete, como con él casi todos los días.
-- ¿Giorgio?
-- El mismo que viste y calza.
-- ¿Pero ya es general?
-- En la guerra todos ascienden rápidamente, Coyote. A Giorgio le enviaron al principio como responsable de la Central, es el Jefe Supremo aquí. Tal y como están las cosas me interesaba llevarme bien con él.
-- Pero es un jefe de los sublevados.
-- Sí y no. Formalmente sí. Es el encargado de la Central. Y aunque militar, no está con ellos, o por lo menos, no está con ellos del todo. Su trabajo es relativamente fácil y no se mete en complicaciones. Entre los dos hemos salvado a muchos de una muerte segura. Él hace su papel y yo hago el mío. Ya te lo contaré.
-- Y tú ¿cómo estás?
-- Bien, dentro de lo que cabe. Echo mucho de menos a todo el mundo. Aquí estoy casi sólo y no tengo noticias de nadie desde que estalló la guerra. Sólo me ayuda Mark.
-- Pues yo te he traído a unos pocos. Y noticias también.
-- ¿No jodas? ¿Quién ha venido?
-- Ya te lo explicaré. Vamos a verlos. Están ahí, en el Cholla. ¿Qué hiciste con los mensajes?
-- ¿Qué mensajes?
-- Con los del Foro. ¿Los borraste?
-- ¿Para qué quieres saber tú eso?
-- ¿Los borraste o no?
-- Depende…
-- ¡Joder! Es muy importante. ¿Los has borrado?
-- No.
-- ¿Usaste las claves?
-- No. El Kurdo me desautorizó y no pude entrar. Las claves las tenía sólo él. Se cabreó conmigo cuando borré aquel mensaje y me quitó el acceso.
-- ¿Entonces? ¿Cómo lo hiciste?
-- Pasaba el tiempo y los mensajes estaban ahí. Muchos eran muy comprometidos. Todos los días miraba para comprobar si el Kurdo los había borrado. Al final me harté…
-- Pero ¿cómo lo hiciste?
-- "Hackeando" las claves. Me hice pasar por Administrador y conseguí acceder. Luego copié casi todos los mensajes en el "uesebe"…
-- ¿Casi todos?
-- Joder, había muchos. Guardé casi todos los que me pudieran ayudar el día de mañana. Los comprometidos solamente.
-- ¿Y el resto?
-- Los borré.
-- ¿El Hermano Papel? ¿Guardaste ese Subforo?
-- Algo. No todo.
-- La madre que te parió…
-- Pero ¿por qué?
-- Porque nosotros venimos a por eso. Juardo ha inventado un sistema de comunicación que está encriptado en un poema que se llama "A la virgen del ferial" en el Hermano Papel ¿Lo recuerdas?
-- No sé. De Juardo guardé cosas… Pero de eso no me acuerdo.
-- ¡Joder!


Continuará...


9.- La decisión





"El futuro tiene muchos nombres.
Para los débiles es lo inalcanzable.
Para los temerosos lo desconocido.
Para los valientes es la oportunidad". Victor Hugo.




La parte portuguesa de la finca era más frondosa que la española. Aquel manto de encinas debía llevarnos hasta el mismo Cortijo. El camino, sin embargo, estaba menos cuidado y, con la furgoneta cargada hasta arriba, teníamos que ir muy despacio, evitando piedras y hoyos a cada momento. Se apreciaba claramente que el propietario era español y accedía a ella habitualmente por Valencia de Alcántara. Iba haciendo calor. Era el primer día que se notaba la primavera. El sonido de los pájaros se colaba a través de las ventanillas, a pesar del ruido infernal que el vehículo transmitía. De repente sonó un gran estruendo y la furgoneta se paró en seco. Alguien nos estaba disparando. Había impactado en el motor y empezó a salir humo bajo el capó. Sonó otro nuevo disparo que reventó la rueda delantera derecha. Balich abrió la puerta y se parapetó detrás para que no le dieran. Los demás permanecimos agachados dentro. Parecía el final. ¿Por qué nos dispararían? Detrás de unas jaras apareció un individuo, fusil en mano, gritando para que nos bajáramos rápidamente. Balich, se levantó y se encaró con él.

Balich: ¡Me cago en la madre que te parió! ¿Estás loco? ¡Casi nos matas…!
Zorro: Y yo ¿cómo iba a saber que erais vosotros?
Balich: ¡Hostia! Pues espera un poco y compruébalo o gradúate las gafas…
Zorro: ¡Joder! Creía que veníais a atacarnos…
Balich: ¡Pero tú estás tonto o qué! Venimos seis idiotas a atacar a nuestros amigos en una furgoneta "jipy". ¡De locos!
-- ¿Está bien el cura?
Mercedes: Sigue dormido, no se ha enterado de nada.
Zorro: ¿Qué cura? ¿Petrífico está ahí dentro?
Clementain: Pues claro. No le has dado porque está protegido por el Señor. Es el único que no se ha agachado.
Zorro: ¡Joder, joder, joder! No le digáis nada. No le digáis que he sido yo…
Balich: ¡Claro, como está tonto! Cuando se baje de la furgoneta y vea cómo la has dejado ¿qué le decimos? ¿Ha habido un terremoto?
Zorro: ¡Yo qué sé! Decidle lo que queráis pero no le digáis que he sido yo.
Juardo: ¡Vaya estropicio! La has dejado absolutamente inservible. ¿Ahora quién sube al Cortijo todo esto?
Zorro: Por eso no os preocupéis. Luego mandamos a gente para que recoja lo que traéis.
Withy: ¡Madre mía! ¡La que has liado!
Zorro: ¡Verás Pablo! Se va a coger un cabreo de tres pares de narices. ¡Otra vez de guardia!
-- Pero ¿por qué nos has disparado? ¿Cómo íbamos a atacar si veníamos de la parte portuguesa? Una de dos, o éramos portugueses o éramos amigos. Digo yo.
Zorro: ¡Que ya lo sé! ¡No me agobiéis más!
Balich: ¡Como para dejarte de jefe de todo esto! ¡Nos declara la guerra Portugal también! ¡La leche!

Zorro nos había dado su particular bienvenida. Con voz temblorosa hizo salir a su compañero de vigilia. Había llegado anoche a la finca y Zorro se la estaba enseñando. Habían comido con los demás en el Cortijo y estaban dando un paseo por la segura parte portuguesa para que el nuevo huésped la fuera conociendo. Entonces aparecimos nosotros, se escondieron detrás de los matorrales, y Zorro se lió a tiros con la furgoneta. Detrás de otra jara apareció su compañero. Era Javi Jabogón con las gafas absolutamente empañadas por el sudor que le había provocado aquella situación. Esto debe ser la guerra, penso para sí.

-- ¡Jabogón! ¡Qué alegría!
Jabogón: ¡Ya! Si no fuera porque éste –dijo señalando al zorro y con cierta ironía- casi os mata, el momento sería "super agradable".
Juardo: Tampoco es para tanto. Nos han recibido con cohetes, como a los señores. No esperábamos ni merecíamos otro recibimiento.
Balich: ¡Con cohetes y a perdigonazos! ¡Será posible!
Withy: Pero tú… ¿qué haces aquí?
Jabogón: Vine ayer de Cáceres, en autobús. Estuve con Moraes y me dijo dónde podía encontrar la finca… y aquí estoy.
Withy: ¿Están bien? ¿Moraes? ¿Cibor?
Jabogón: Sí, muy bien. Si ya se lo decía yo a Zorro…
Zorro: Joder, no lo cuentes, que se van a "descojonar"…
Jabogón: Pero es que te lo estaba diciendo… que no parecían enemigos, que era una furgoneta como la de los panaderos, que venían en son de paz… y tú… diciéndome que me agachara, que se iban a enterar, que de esta te ponían una medalla como a tu abuelo.
Zorro: ¡Bueno ya está bien! ¡Coged las cosas y vámonos al Cortijo!
Balich: Pues despertad al cura y que lo lleve el Zorro a "burro"…
Zorro: ¡Vaya día que llevo!

Sentados a la solana del patio principal del Cortijo, debatíamos las distintas posibilidades que se habían planteado sobre el futuro viaje. El recién llegado Jabogón, hermano de la esposa de Danipé y, por lo tanto, su cuñado, nos había dejado perplejos: Todo indicaba que estaba con los sublevados. Había enviado a su mujer y a sus hijos a casa de sus suegros en Cáceres para que estuvieran "más tranquilos y cuidados". Nos contó que por los alrededores de Almaraz, donde estaba la Central, y en Navalmoral, donde vivían casi todos sus trabajadores, estaban las cosas muy mal, había militares y controles por todos los sitios. Era muy difícil y muy peligroso acercarse hasta allí. Los trabajadores de la Nuclear, uno de los puntos estratégicos de la guerra a nivel nacional, estaban recluidos desde el inicio del conflicto. Se habían montado barracones donde hacían vida como si fueran soldados en un cuartel. Los más cualificados solamente podían salir una vez por semana para ver a la familia y siempre vigilados. Era un auténtico campo de concentración. Nadie podía salir de allí sin permiso expreso de los militares. Nadie menos Danipé, que entraba y salía cuando quería. Tenía que dormir allí, pero durante el día hacía vida normal y sus relaciones con los militares eran muy buenas. Tampoco tenía vigilancia y eso, tal y como estaban las cosas, no era buena señal. No hablaba con nadie del tema y su comportamiento era muy extraño. Sus propios compañeros empezaban a temerle y desconfiaban de él. Todo ello hacía suponer que era uno de los sublevados.

Jabogón traía documentos de Cáceres. Moraes le había entregado una carpeta con diversa documentación falsificada y salvoconductos varios para que se los entregara a Pablo. Éste y Korrone, más experimentados en estos temas, los revisaban por si alguno nos pudiera servir para el viaje a Navalmoral. Withy, Escarolain y Zorro se afanaban en trocear un ciervo que se había cazado el día anterior. Rosita tomaba el sol y descansaba su pierna todavía herida sobre un pequeño taburete con los ojos cerrados, seguramente pensando en alguno de sus poemas. Aclara hablaba con Petrífico, al que hacía años que no veía. Juardo y Clementain se habían ido a dar un paseo por la finca y Balich saboreaba una copa de "amargiña" debajo de aquel sombrero de paja que en nada le favorecía. En definitiva, aquel momento de tranquilidad era el primer descanso absoluto para mi dolorido cuerpo desde que salí de la finca. Había tenido en dos días más aventuras que en toda mi vida y todo parecía indicar que no terminarían.
-- ¿Y Franpan? ¿Dónde está Franpan?
Zorro: En la cocina con Mon. ¡Nos tenía mareados! Toda la semana diciendo que había que matar un ciervo, que lo necesitaba, que si no lo cazábamos nosotros lo iba a cazar él y que nos atuviéramos a las consecuencias…
Korrone: ¡Qué pesado! Si no cazamos el bicho ese nos vuelve a todos tontos…
Balich: Y ¿para qué lo quería?
Pablo: ¡Ese no está más tonto porque no se puede! Le ha dado la nostalgia…
Escarolain: Se encontró en su cartera una receta para hacer venado con ciruelas o algo así. Una prima suya dice que lo hace muy bien y le dio la receta hace unos meses. Se la guardó en la cartera y ahora se la ha encontrado. Desde entonces no nos deja en paz.
Zorro: ¡Pues como se le meta en la cabeza, comemos carne con ciruela todos! Otra vez "cagalera" mañana.
Aclara: Pero si se ha llevado sólo los lomos. Con lo bruto que es Franpan, con eso cena solo él. No tenemos ni para empezar…
Pablo: Pues como le salga el ciervo como los macarrones con "foingrás", como él los llamaba, nos podemos morir…
Zorro: ¡Vaya mierda! No se los quiso comer ni el cerdo…
-- ¡Voy a verle!
Me levanté de aquella tertulia y me dirigí a la cocina a ver a Mon y a Franpan. Mi cabeza no paraba de dar vueltas. Danipé no podía estar con ellos, no se podía equivocar de aquella manera. Algo tenía que haber pasado para que actuara así. Nos habíamos criado juntos y le conocía perfectamente. No podía estar con los tiranos. Eso era imposible. Aunque nunca llegas a conocer del todo a nadie, Dani no podía haberse equivocado de aquella manera. ¿O si?

-- ¿Dónde está esa Bultaco que "no corta el mar sino vuela"…?
Franpan : ¡Coyote! ¿Estás vivo?
-- ¡Serás cabrón! Pero ¿qué haces?
Franpan: Preparando un guiso que te vas a "cagá por las patas abajo". Es una receta de mi prima: Lomo de venado con ciruelas.
-- No huele nada mal. ¿Cómo lo has hecho?
Franpan: Es una receta de mi prima Teresita, la de Aroche. He "salpimentao" los lomos y los he dorado para que suelten su jugo. Luego los he retirado y he añadido la cebolla, una hoja de laurel, las ciruelas y un bote de setas. Todo juntito un par de minutos y se vuelven a meter los lomos. Luego añado el vinagre y lo dejo que se evapore "a olfato" un poco. Se añade el vino y se deja otra vez un par de minutos. Un poquito de agua hasta "cubrí justito" los lomos y cerramos la olla. ¡Ya está! Se deja reposar unas "horitas" y en la cena que no hable nadie conmigo que no estoy "pa nadie".
-- Joder, me tienes alucinado.
Franpan: "Alucinado" el marido de mi prima Teresita, el guarda forestal más bruto de la comarca de Aroche, que un día lo hizo y abrió la olla antes de que se bajara el "pitoche". Se le quedó la cara como una plaza de toros.
--¿Se le hinchó?
Franpan: ¡Qué va! Se le quedó la piel del color del albero y tenía hecho dos círculos "perfectamente circulares" del pitoche y de la tapa que no se le quitaron de "la puta la cara" en dos semanas. Ah, y la moto se ha "gripao". Se la dejé un rato a Korrone en el viaje de vuelta y no cambió de marcha hasta el Cortijo. Ya le decía yo que sonaba mucho…
-- Pero qué burro eres…
Franpan: De burro nada… Estás hablando con el mismísimo inventor del Servicio de inteligencia de los Estados Unidos de América. Y déjame que voy a esconder la olla, que si no, con lo rico que está el guiso "arguiñanesco" que he hecho, se lo zampan sin que me entere… ¡Menúos trágalas viven aquí! ¿No te has "fijao"?

España aún no era España, ni Portugal era Portugal. Sin embargo Viriato ya era Viriato. Nacido probablemente en la Sierra de la Estrela, Viriato fue el Gran Caudillo, el gran pastor Lusitano. Tuvo en constante jaque a las legiones romanas a las que infligió numerosas derrotas. ¡Roma no paga a traidores!, fue la contestación de los romanos a los tres enviados del Caudillo para negociar la presunta paz. Ditalcón, Audax y Minuro, fueron los culpables de su muerte. Los romanos nunca acometían magnicidios gratis y esos tres individuos antepusieron el oro al honor. Viriato, que antes había escapado de ser degollado por el pretor Galba, a quien odiaba ferozmente, fue acuchillado por sus generales, por sus propios amigos, en su refugio del Mons Veneris o Monte de Venus, que unos situaban en los Montes de Toledo y otros en Gredos, entre los valles del Jerte y Tormes, lugar obligado de paso entre el sur y el norte de Hispania y donde sus ataques guerrilleros serían más efectivos. Yo, sin embargo, por la imaginación de mi querido padre, siempre situé ese monte en los alrededores del conocido Puerto de los Castaños, en el cruce de El Palancar, muy cerca de Cañaveral. Aquel monte absurdo que desencajaba el paisaje siempre fue para mí el refugio del Gran Viriato, tan querido y venerado en Portugal y tan olvidado, como tantas otras cosas, en mi Extremadura. Nadie había dado tantos Caudillos a la vieja España. Nadie los había olvidado tan rápido. Mercedes y Mon interrumpieron aquellas divagaciones que me había provocado la figura casi en penunbra de aquel escarpado monte que se divisaba desde el Cortijo y que me recordaba al refugio de Viriato de mi niñez. Quizás era eso o quizás aquella finca, entre España y Portugal, donde el abuelo de Mon nos había contado que en un claro del encinar había una gran piedra de la época romana que había servido para hacer piras funerarias. Los restos allí encontrados hacían suponer que, como era habitual en los lusitanos de aquel tiempo, el lugar era un altar para la quema de cadáveres, donde a la luz del gran fuego cantaban, degollaban animales y luchaban por parejas sobre las tumbas hasta el anochecer. –A cenar, Coyote, que tenemos que hablar- dijo Mercedes mientras me fundía en un abrazo con Mon.

Franpan se había servido un lomo entero de venado del contenido de aquella olla y nos había dejado el otro a los demás para que probáramos su guiso. Sólo algunos pudimos probarlo y la verdad es que estaba exquisito, probablemente porque por una vez siguió al pie de la letra la receta de su prima. Durante la cena en el salón de trofeos, Pablo y Korrone nos expusieron sus conclusiones sobre el viaje que habría que hacer a Navalmoral.
Pablo: ¡Iréis en cuadrilla!
Escarolain: ¿En cuadrilla?
Pablo: Sí. Lo más seguro para todos es que vayáis cuatro. Utilizaréis el viejo ESCORT. Irá el Coyote y tres más.
Mercedes: Sí, ¿pero quién?
Korrone: Tendremos que decidirlo ahora, porque saldréis mañana por la mañana.
Balich: Ya, al amanecer, como siempre. ¡Pues yo no voy, estoy hasta las narices de conducir al amanecer!
Korrone: ¡Pues no vayas! El que quiera ir se tiene que ofrecer como voluntario.
Aclara: ¡Yo voy! Llevo mucho tiempo aquí y necesito salir.
Rosita: ¡Yo también! ¡Dios mío! ¡Una aventura!
Juardo: No pidas, amiga Rosita, imposibles a la vida. Tú estás coja y no te puedes mover, serías un estorbo.
Rosita: Pero quiero ir…
Clementain: No puede ser, Rosita, lo tienes que entender…
Mon: ¡Yo! ¡Yo voy! No estoy fichado.
Pablo: Falta uno. Coyote, Aclara y Mon. ¿Alguien más? ¿Zorro?
Zorro: ¡No jodas! A mí de aquí no me saca nadie. Tengo mujer e hijo y mi vida es muy valiosa, por lo menos para ellos.
Korrone: ¿Nadie se anima?
Juardo: ¡Cómo se van a animar! Perdonad mi impertinencia, pero lo estáis haciendo mal.
Balich: ¡Ya está el listo que todo lo sabe!
Juardo: Si van a ir cuatro, lo lógico es que el equipo esté compenetrado. Debe ir Coyote, por su amistad con Danipé. Aunque estuviera con los sublevados a Coyote no le va a denunciar.
Zorro: ¿Y para eso tanta palabrería? Hasta ahí estábamos todos de acuerdo.
Mercedes: ¡Calla Zorro, déjale que termine!
Juardo. Muchas gracias. Debe ir Jabogón, conoce perfectamente la zona y es cuñado de Danipé. Tampoco le denunciaría. Y debe ir Korrone porque la ruta es por Plasencia y si hay algún problema podrá ayudarles a salir del apuro.
Escarolain: … pero Korrone no puede. Si le descubren a él, los fusilan a todos.
Juardo: Pues entonces que vaya Franpan, que ya ha estado en Plasencia y conoce el camino.
Aclara: Pero falta uno.
Clementain: Una, diría yo. La presencia de una mujer en la cuadrilla es imprescindible. Rosita no puede porque está coja. Escarolain es nuestra particular doctora y tampoco debe dejar la finca y Mercedes acaba de llegar. Debes ir tú.
Aclara: Por mi parte, de acuerdo.
Zorro: Pues ya está. Coyote, Jabogón, Franpan y Aclara. Los cuatro jinetes del Apocalipsis…
Balich: Sí, los cuatro jinetes de "la poca leche".
Pablo: ¡Tened mucho cuidado! No deis ni un paso en falso ni os fiéis de nadie…
Korrone: Si os cogen os fusilan, seguro.
Franpan: ¡Qué se le va a hacer! – dijo masticando con esfuerzo el último trozo de carne de aquel lomo-.
Continuará...



8.- Portugal




"La vida es la constante sorpresa de ver que existo". Rabindranath Tagore



Alguien dijo que las fronteras sólo existen en el corazón de los hombres. Y en este caso no era verdad. Portugal era distinto, era un lugar diferente. Tan cerca de nosotros y tan diferente a la vez. Había visitado muchas veces el país y siempre me pasaba lo mismo: la nostalgia se apoderaba de mí. Portugal era nostalgia, era melancolía, era tristeza y era, sobre todas las cosas, belleza. Ese sentimiento se acentuaba cuando visitaba Lisboa, su capital. Tenía la sensación de haber vivido en otra vida allí. Era un lugar como no había otro en el mundo. La melancolía se respira y se come en el Chiado y el Barrio Alto, con el elevador de Santa Justa llevándote hasta el cielo de Alfonso I Henriques; con sus mayestáticos puentes sobre el Tejo donde el altanero Vasco de Gama no se ha percatado todavía que al Puente 25 de abril, mucho más pequeño y antiguo, le protege Cristo Rei; La plaza de Rossio, corazón de la antigua y auténtica Lisboa con el café La Brasileira; su viejo Tranvía 28 y el precioso metro, de los más bellos de Europa y del mundo; y las cenas a la luz de las velas y a la penumbra del Fado, con sus letras de pasión y dolor que hacen el silencio de los comensales; esa mezcla de mar y río que hacen del lugar un sitio diferente; Lisboa, corazón de Portugal, a pesar de la oposición vanidosa de los ricos de Oporto; Lisboa, reflejo de un país que un día se durmió tranquilamente. Ni el gran terremoto consiguió acabar con ella, no pudo con su belleza.

Habíamos pasado por Rosal sin controles. Por alguna extraña razón nuestras noticias eran ciertas y nadie controlaba ese punto de la frontera. Juardo se encontraba triste, pretendía entrar en Aroche a ver a su esposa pero el grupo decidió que podía ser peligroso y continuamos viaje. Aunque lo admitió por el beneficio común, su estado denotaba una gran tristeza. Tan cerca de Rocío y no la podría ver. Habíamos rellenado el depósito de gasolina en Beja y tendríamos que volver a hacerlo antes de llegar a la finca, a la altura de Monforte. Beja, Vidigueira, Portel y Évora, la ciudad de Geraldo Sem Pavor, ¿cómo no iban a estar orgullosos del héroe sus habitantes? Gerardo Sin Miedo, ese era su nombre. Allí pararíamos a comprar las vituallas para la finca y a comer algo. Después directos al Cortijo por Estremoz y Monforte. Con un poco de suerte, a media tarde estaríamos allí.

Colocado en una de las ventanillas de la parte derecha de la furgoneta, el paisaje portugués me entretenía sobre manera. Nunca pude dormir en un vehículo y ahora menos. Portugal era verde. Y azul. Y roja. Portugal era verde, azul y roja. Y amarilla. Siempre pensé que los portugueses eran genéticamente daltónicos, el hiper colorismo del país atraía a quién lo visitaba. Ellos decían que el color del país se veía desde el cielo. Y no les faltaba razón. Casas blancas y azules al lado de casas blancas y amarillas. Junto a ellas, casas rojas. Pueblos de exagerados colores que atraían hacía sí como si de lugares de cuentos se trataran. Inmensas fortalezas y castillos para defenderse de los orgullosos españoles, porque los castillos de Portugal siempre fueron defensivos. Nunca se fiaron. Felipe II de España y I de Portugal fue el único Rey que aglutinó bajo una misma corona toda la península ibérica. Duró poco. Portugal era otro país, siempre lo fue.
Balich: ¡No voy a dejar ni las cáscaras!
Clementain: Espera, espera… hay que bendecir la mesa.
Balich: Pues dile al viejo que bendiga rápido que me muero de hambre.
Juardo: Pero si son sólo las doce y media.
Balich: Como si son las nueve de la noche. Tengo más hambre que un perro…
Juardo: Cada uno tiene el hambre como lo que es…
Petrífico: Bendice Señor estos alimentos que vamos a tomar…y que estos individuos lleven su aventura a buen puerto. ¡Hala, a comer!
Aquel arroz caldoso con mariscos era único en el mundo. Probablemente el cilantro, aquella especia tan usada por ellos y desconocida para nosotros, daba al sabor de la cocina portuguesa un sabor único. Portugal era también arroz y mariscos, frango grelado con patatas, bacalao, bien a la dorada o a cualquiera de las recetas de dominan, tantas como días del año, café y dulces. Aquellos dulces con un punto de sal que potenciaban su sabor. Tartaletas de crema y hojaldres. Todo era asombrosamente sabroso y dulce a la vez. Y también era pescado. Nadie cocinaba y comía el pescado con tanto amor como un portugués. En general, la comida era un ritual para los habitantes del país. Comían despacio, dando la sensación que nunca querían terminar. Comían en familia. Aquellos carteles de las bodegas de carretera con la inscripción "pronto a comer" no dejaban de ser una trampa para el impertinente e impetuoso español. La comida tardaba en llegar a la mesa, pero cuando llegaba satisfacía con creces al comensal. Era un país sin prisa, pero nunca se paraba.

Clementain : ¡Qué ganas tengo de llegar a la finca!
Balich : No me extraña. ¡No vas hacer la digestión en tres días! Te has puesto como el "Quico".
Mercedes: Nos hemos puesto todos…
Withy : Es que el arroz estaba riquísimo…
Juardo : El arroz, el vino y el molotov ese…
Balich : ¿El molotov?
Juardo : Sí hombre, el postre ese que nos han puesto. Un merengue gigante quemado por arriba. ¡Hasta el cura lo ha probado!
Balich : Pues tendría que llevar anestesia el postre ese porque lleva dormido una hora.
Mercedes: ¡Calla ya, Balich! ¡Déjale que duerma!
Balich : Sí… que duerma pero que no ronque, que me despista.
-- Esa debe ser la cancela de la finca. Mirad el cartel. "Explotaciones La Montanera". Esa es
Juardo : ¿Estás seguro?
-- Sí, es esa. Explotaciones La Montanera es la empresa del abuelo de Mon. Para el furgón que voy a abrir la cancela.
Continuará...

7.- La sabiduría






"Hay que escuchar a la cabeza,
pero dejar hablar al corazón". Marguerite Yourcenar.




Nos encontrábamos delante de la casa, tenía que ser esa. Detrás de la cancela se atisbaba un gran patio: lo que parecía un vehículo tapado por una vieja lona a una parte y un gran montón de leña de encina a la otra. Más que una casa de pueblo, era una especie de chalet de veraneo de los años setenta. Withy no daba muestras de cansancio, como si la emoción del viaje le hubiera dado vida. Todavía no sé cómo se atrevió a venir hasta aquí. Si sé que sin ella me hubiera costado mucho más llegar hasta Aracena. El viaje hasta Santa Olalla lo hicimos sin ningún problema, un único control en Fuente de Cantos que salvamos rápidamente. Aquel soldado se fijaba más en Lalinda que en los papeles que le mostrábamos. El autobús hizo su parada junto al mesón del cruce de la carretera de Zufre, justo la que tenía que coger yo después. Mejor no podían ir las cosas. Me despedí de Withy dentro del autocar y bajé, con mi pensamiento puesto en cómo lo iba a hacer de ahí en adelante ya que la carretera estaba desierta y todo parecía muy sombrío. No había nadie: ni autobuses, ni tráfico, ni tan siquiera controles. La antigua Nacional era una sombra de lo que fue. Las grandes máquinas que hacían la Autovía antes del conflicto habían desaparecido.

Cuando el autobús empezó a circular me sobrecogí de nuevo: Withy estaba detrás, se había bajado, se me apareció como un fantasma. Decidió no ir a Sevilla, con un "yo voy también" dejó zanjada la posible recriminación que le pudiera hacer. No puedo negar que en el fondo me alegré profundamente, por lo menos, no iba a estar sólo. Su compañía me había ayudado en este viaje de locos y a partir de ahí jugaría un papel fundamental. Ahora, habría que decirle a Moraes que no iba a Sevilla, pero ¿cómo? Entramos en aquel mesón, antaño famoso por sus bocadillos y siempre lleno de turistas de paso, y pedimos un café. Estábamos solos con aquel tabernero de cara triste y mostacho mejicano. La dejé dando vueltas con la cuchara a aquel café y cuando volví del servicio, me encontré con una nueva sorpresa: un camionero, que acababa de entrar, estaba intentando ligar con ella, o eso me pareció a mí. Pensé que íbamos a tener problemas y sin embargo...

Aquel tipo se dirigía con un cargamento de madera a la fábrica de celulosa de San Juan del Puerto. Llevaba nuestro camino y Withy le había convencido para que nos llevase. Le contó que estábamos recién casados, que habíamos perdido el autobús y que íbamos a ver a su familia a Aracena. Le dijo que no teníamos dinero y que Dios le tenía que haber puesto en nuestro camino porque parecía un ángel. No sólo nos trajo hasta Aracena sino que nos invitó a aquellos cafés tan malos. Tan convencido quedó con lo que le dijo Lalinda que tuvimos que renunciar varias veces al dinero que como ayuda nos ofrecía. ¿Recién casado yo? Todavía no sé cómo se lo pudo tragar. Uno empezaba a entrar en una edad que podía parecer de todo menos un recién casado.

Se había hecho de noche y teníamos que entrar. Teníamos que comprobar que ellos estaban allí. Korrone nos había dicho que los encontraríamos, pero no sabía a ciencia cierta si llegaron sanos y salvos. Habían huido de Sevilla a toda prisa quince días atrás. ¿Si no eran ellos? ¿Qué haríamos? ¿Dónde dormiríamos? Empezaba a hacer frío, ni siquiera parecía primavera. Nos decidimos a llamar. Abrimos la cancela y nos dirigimos a la puerta principal. Había luz dentro y aunque asomé mi cabeza a través de las rejas no se veía a nadie ¿Serían ellos? El corazón volvía a ponerse a tope de revoluciones.

-- ¿Quién es? –dijo aquella voz masculina sin abrir la puerta-.
-- Buenas noches, venimos de paso y buscábamos al Señor Juardo… – contestó Withy dubitativamente -.

Sin apenas darnos cuenta, la puerta se abrió y apareció ante nuestros ojos un Clementain en zapatillas y con una bata de franela parecida a la que usaba mi abuelo. Habíamos acertado otra vez. Nos invitó a pasar a la casa, denotando su cara la alegría del momento: -Mirad, mirad quiénes están aquí. El mundo es un pañuelo…-, dijo mientras nos adentraba hasta el salón principal. Allí, sentados alrededor del fuego, estaban Mercedes y Balich, que se sorprendieron gratamente con nuestra visita. Abrazos y emociones de nuevo.

-- Y Juardo?
Balich: Está ahí, en la habitación, con el viejo.
Withy: ¿Qué viejo? ¿Está aquí su abuelo?
Balich: ¡Ya le gustaría a Juardo que fuera su abuelo!
Mercedes: ¡Un poquito de respeto, Carlos!
-- Pero ¿con quién está? –pregunté intrigado-.
Clementain: Con Petrífico.
-- ¿El cura está aquí?
Balich: Claro que está, si lo sabré yo…
Withy: Pero ¿cómo ha llegado hasta aquí?
Clementain: Lo recogimos del Santuario el día que salimos de Sevilla.
Balich: … el día que salimos de Sevilla y el día que casi nos matan por desviarnos a recogerle.
-- Y ¿está bien?
Balich: Claro que está bien, ronca como una motosierra. Y además le va la marcha. ¿Acaso no le conocéis?
Withy: ¿Podemos verle? ¿Está dormido?
Balich: Si estuviera dormido le oirían hasta en Aracena…
Mercedes: Sí, pasad. Estarán hablando…
Clementain: Pasad. Verás qué sorpresa…


Aquella habitación estaba llena de cosas. Petrífico parecía haberse traído medio convento en paquetes. Juardo nos contó que los frailes le habían dejado sólo, con el único cuidado de un matrimonio de guardas que vivían en el vecino pueblo de Espartinas. Los franciscanos habían intentado llevárselo cuando estalló el conflicto y nada parecía seguro. Se negó. A pesar de su edad y de su falta de movilidad no consiguieron sacarle de allí. Con las primeras noticias de los fusilamientos de las Trinitarias en el Monasterio de Suesa y la quema de conventos, los franciscanos desalojaron todas sus instalaciones y buscaron lugares seguros. Todos los colegios y conventos en los que se encontraban frailes fueron desalojados. Todos fueron removidos. Todos menos uno. Genio y figura.

Juardo terminó de convencer a Balich, única oposición para hacerlo, para que desviara el furgón por la antigua carretera Nacional de Huelva y se dirigieran a Loreto en busca de Petrífico. No tenían noticias de él y temían por su vida. Los demás estuvieron de acuerdo en ello. Cuando llegaron al Convento, éste daba la sensación de estar abandonado. Sin embargo, nada más oír el ruido del motor de la furgoneta, Petrífico cogió "el andador" y salió a recibirles. Parecía que les estuviera esperando: El Señor os ha traído hasta aquí porque el Señor sabía que yo necesitaba veros, fueron sus primeras palabras de recibimiento al grupo. Luego les hizo cargar con la mayoría de sus cosas personales y alguna otra cosa que tomó prestada de los frailes para que no se estropeara. Cajas y cajas de cartón que llenaron aquella furgoneta hasta arriba.

Aquel hombre, sin saberlo, se había convertido en el germen del Foro de internet. Había sido el eje que había movido a aquellos locos a pesar de no haber estado allí desde su inicio. Sin conocimiento alguno de ordenadores, había sido el pilar fundamental en el que se apoyaron para crear aquel sitio en internet. Años atrás, la mayoría de usuarios del foro había participado directa o indirectamente en alguna de las muchas actividades que aquel cura delgaducho y reaccionario había creado. Campamentos al aire libre donde primaba la libertad y la conciencia personal de cada uno para no torcerse ante la vida; acampadas varias donde la convivencia era el único principio básico; celebración de eucaristías que hacían temblar a los estamentos más rígidos de la Iglesia y un sinfín de actividades que habían hecho de aquel grupo uno de los más característicos, si no el que más, de la ciudad. Más tarde y apoyándose en su obra, habían creado una página en internet con foro propio. Aquella herramienta, después de un foro pornográfico, el de la Federación de Balonmano y el de Encaje de Bolillos de las Islas Canarias, se había convertido en la página más controvertida y a su vez dicharachera de internet. Había conseguido, además, volver a juntar a muchos de los que tuvieron años atrás vivencias con el frailecillo. El encuentro intergeneracional había sido un éxito hasta que estalló el conflicto. Entonces todo dejó de funcionar y desaparecieron los mensajes.

Juardo nos contó que Petrífico no les había dejado salir de Aracena. Sus intenciones de llegar hasta Beja en Portugal y desde allí ir a la finca del abuelo de Mon para encontrarse con Pablo, Zorro y lo demás fueron cortadas de raíz cuando se enteró que La Macarena viajaba con ellos. No consentiría que saliera de España. La Virgen es de Sevilla y no puede vivir en Portugal. No sabe portugués, decía. A cada cual lo de cada cual, añadía sin el más mínimo titubeo.

Petrífico: Jaaaa, jaaaa y jaaaa –fueron las primeras palabras que salieron de su boca- ¡Qué alegría! Dios es justo y trae al peregrino a visitar a Su Dama. Y quien no lo quiera entender que no lo entienda…
-- ¡Joder! ¡Estás fenomenal!
Petrífico: Ya quisiera yo, no te jode.
Withy: Que sí… que estás muy bien.
Petrífico: ¿Os habéis creído que soy tonto?
Juardo: Está mejor que lo que dice… y además manda como nunca. No nos ha dejado salir de aquí. Llevamos quince días de retraso por su culpa.
Petrífico: Ahora sí podéis salir. Cuando queráis nos vamos.
Balich: Ahora mismo, yo ya estaba haciendo las maletas… ¡Será posible!
-- Pero ¿por qué os habéis quedado aquí?
Juardo: Petrífico no nos permitía salir de España con La Macarena. En parte tiene razón, Mi Señora se debe a Sevilla, parte fundamental del territorio español y no debe salir de aquí.
Withy: ¿Entonces?
Balich: Entonces nada… ya podemos salir. Ya está guardada y bien guardada. Mañana nos vamos… si arranca el trasto ese…
Juardo: Pero ¿y vosotros? ¿Qué hacéis vosotros aquí?
Withy: Hemos venido a buscarte…
Juardo: ¿A mí? ¡Cuánto honor para un príncipe de la iglesia! –dijo con voz altiva-.
-- Venimos de la finca. Salimos hace dos días con el único fin de encontrarte. Nos manda Pablo. Es absolutamente necesario que nos proporciones los códigos del sistema informático…
Juardo: ¿Los códigos de Aquaero?
-- Son absolutamente necesarios para comunicarnos a partir de ahora. Todo parece indicar que el final está cercano y utilizaremos tu sistema para comunicarnos y hacer caer a los militares. No tendrán forma de descifrarlos y podremos estar en contacto permanente allí donde estemos.
Juardo: Pues no va a ser posible… o sí, depende.
-- Depende ¿de qué?
Juardo: Pues depende del Foro. No había hecho falta que vinierais hasta aquí. Los códigos están en el foro. Cuando entraron los militares en Sevilla, como no me fiaba, los envié en un mensaje al foro.
Withy: ¿Al foro? Pero si lo han borrado todo. No hay mensajes.
Juardo: Pues están allí. En el Hermano Papel, escondidos tras un poema a la Virgen del Ferial. Utilicé mi propio sistema para encriptar los códigos y sólo accediendo a ese poema los podréis obtener.
-- ¡Joder! Y ahora ¿qué hacemos?
Petrífico: ¡Gente de poca fe! No tengo ni la más "repajolera" idea de qué idioma es el que habláis, pero si alguien ha borrado eso que tanto os preocupa, buscad a ese alguien. Él os lo dirá.
Juardo: ¿Kurdo? ¡Será cabrón! ¿Ha borrado todo?
-- No. Pablo dice que no ha sido él. Alguien se le adelantó.
Withy: ¡Dani!
Balich: ¿Dani? ¡Quién si no iba a tener la culpa! Se veía venir…
-- Tendremos que ir a buscarle.

Kurdo no había borrado los mensajes, eso estaba claro. Según Pablo él mismo se sorprendió cuando quiso borrarlos y ya no estaban. Tenía que haber sido Danipé, eso estaba claro. ¿Los habría guardado? Todavía quedaba una esperanza. Si pensó que podrían ayudarle el día de mañana los habría guardado. Pero ¿cómo iba a guardar todo aquello? Miles de mensajes poblaban aquel Foro y tendría que haber guardado el que necesitábamos, sólo ése, un poema del subforo Hermano Papel. Mi cabeza iba a estallar. Habíamos hecho el viaje para nada. Dos días de camino que no habían valido para nada. Arriesgando nuestras vidas y volveríamos sin los códigos. Nuestra ilusión se estaba desvaneciendo. Además estaba lo de la Virgen. Si Petrífico no hubiera parado al grupo habrían llegado a la finca antes de que yo saliera y las cosas hubieran sido distintas. ¿Qué haríamos ahora? El debate sobre nuestro futuro estaba sobre aquella mesa donde cenamos. Juardo, Balich, Clementain y Petrífico eran partidarios de salir por la frontera de Rosal, donde no había ninguna vigilancia, e irnos a la finca. Una vez allí, decidiríamos con los demás qué hacer. Withy, Mercedes y yo eramos partidarios de dividirnos. Que cuatro se fueran a la finca y dos a Navalmoral en busca de Danipé. Largo rato discutiendo y no llegábamos a un acuerdo.

Lo único que estaba claro es que ya podíamos salir: La Esperanza Macarena estaba a buen recaudo. Aracena era famosa por la gruta de Las Maravillas, una gran cueva en tres niveles con estalactitas y un gran lago, reclamo turístico principal del pueblo antes del conflicto. El chalet del abuelo de Juardo guardaba un secreto: tenía su propia gruta. Construido sobre una formación rocosa, albergaba en su sótano una pequeña cueva de veinte metros cuadrados con sus propias estalactitas y estalagmitas. El lugar era precioso y la Virgen no hubiera soñado otra capilla mejor hasta su vuelta a Sevilla. El abuelo de Juardo siempre estuvo convencido que formaba parte de la gruta principal, de la que sólo se podían visitar mil doscientos de sus dos mil trescientos metros. Estaba convencido que Las Maravillas era mucho mayor de lo que los libros decían. Habían hecho un pequeño camarín para la Virgen en la cabecera de la cueva. Withy y yo no pudimos verla porque habían tapiado y lucido la entrada. Allí estaría segura hasta que acabara la guerra.

Juardo: ¿Si nos pasa algo? ¿Cómo van a encontrar a Mi Señora?
Balich: ¡La encontrará un pastor, como a todas las Vírgenes!
Juardo: ¡Qué irreverente eres, caro Balich! ¿A qué va a entrar un pastor al chalet de mi abuelo? ¡Cuánta indelicadeza!
Mercedes: No nos tiene que pasar nada. De aquí a la frontera hay muy pocos kilómetros y además no está vigilada. Cuando lleguemos a la finca se lo contamos a los demás y sería muy difícil que nos mataran a todos. ¡Alguno quedará vivo para contar dónde está!
Clementain: Tienes razón. Lo mejor es que vayamos todos a la finca y allí decidamos qué hacer.
-- Vais a tener razón. Es lo más seguro.
Balich: Además, yo ya quiero jugar una partidita con Pablo, Zorro y Mon. ¡Qué ganas tengo de jugar al mus!
-- Pues están en la finca como para jugar partidas... Aquello es como un pequeño pueblo y todos, absolutamente todos, trabajando bajo el mando de Pablo.
Petrífico: ¿El "pintapiscinas" es el jefe? Pues tienen que ir muy mal las cosas para que ese individuo sea el que mande.
-- A mí me sorprendió bastante, esa es la verdad. Pero créeme que hace su trabajo estupendamente, parece Kevin Kostner en sus mejores películas.
Balich: Ya, como el Kostner ha hecho tanta películas buenas…
Mercedes: Jolines, Balich, siempre estás a la que "salta"…
Petrífico: ¡Ya está! ¡Se acabó! Dios nos ha juntado por algo… y nosotros no somos quiénes para ir en contra del Señor. Nos vamos todos juntos. Mañana por la mañana. Nos vamos a la finca. ¡Prepara la furgoneta Balich! ¡Saldremos al amanecer!

Nos dispusimos a preparar el viaje. Iríamos todos a la finca. Withy y yo ocuparíamos en la furgoneta el espacio que los paquetes de Petrífico ocuparon en el viaje hasta Aracena. Había decidido dejarlos en el chalet. Allí estarían seguros. La furgoneta parecía funcionar bien y tenía gasolina suficiente para llegar hasta Portugal, donde podríamos llenar el depósito sin problemas. Si llegábamos a la frontera sin incidentes, el viaje sería placentero. Por una sola vez no tendríamos que preocuparnos de los controles. Teníamos además dinero suficiente para comprar algunas cosas que podían necesitar en la finca: café, azúcar, aceite, legumbres, patatas y pasta. Petrífico tenía unos "ahorrillos" que ahora utilizaríamos convenientemente. Nos acomodamos como pudimos para dormir, unos en las camas y otros entre el sofá y el suelo. Balich tenía razón, los ronquidos de Petrífico eran criminales. Me había tocado compartir habitación con el cura y era insoportable. Apenas pude dormir una hora.


Continuará...

29 mayo 2006


6.- Híspalis




"Lo local es lo Universal". José María Jurado.



Que pueda, Virgen, que pueda
volver con sangre a Sevilla
y al frente de mi cuadrilla
lucirme por la Alameda.

Aquella estrofa de la poesía que Rafael Alberti dedicó al torero sevillano Joselito "El Gallo" en la hora de su muerte cobraba ahora un nuevo significado en Sevilla. ¡Cuánta sangre derramada por sus calles! La Alameda, ¡ay la vieja Alameda! Aquel lugar ganado al río, al que secaron uno de sus brazos y repoblaron de árboles quinientos años atrás, testigo directo de tantas gestas, cuántas veces llena de jolgorio y celebraciones, ahora era un sitio triste y vacío. El Guadalquivir bañaba en sangre sus aguas, su dársena había visto cientos de asesinatos delante de un pelotón. Sevilla, alegría y fiesta. Sevilla, grana y oro. Sevilla pasión y fe. Sevilla no era Sevilla. Los militares habían arrasado todo. La alegría ya no vivía en la calle. La fiesta se había tornado en tragedia. No había cante en sus saraos. ¡Quién conocía a Sevilla! Los caballos, a cientos en la capital y símbolo de la feria y el señorío andaluz, habían desaparecido. ¡Hasta los más viejos, los que tiraban de los majestuosos carruajes alrededor de la Catedral, habían servido de comida al pueblo! Una Sevilla sin caballos no podía ser la de siempre.

Aquella mañana, Juardo se encontraba en su despacho trabajando en el proyecto de Aquaero cuando fue interrumpido por alguien. Detrás de la mesa, escondido entre cientos de papeles alborotados y algún que otro plano indescifrable, se sobresaltó con la llegada de aquel visitante. Carlos Balich, su fiero contrincante del foro, había ido a verle. Balich no era un mal tipo pero sus ideas progresistas habían chocado en más de una ocasión con las de Juardo, mucho más conservador. Aunque la relación personal entre ambos nunca fue del todo mala, no existía confianza entre ambos, principalmente por las diferencias políticas que los separaban. Ahora Balich tenía que recurrir a él. Su situación era desesperada.

Los últimos días en Sevilla habían sido terroríficos. El paseíllo que hiciera famoso la Guerra Civil del treinta y seis se repetía asiduamente por los alrededores de la capital. Balich no tenía adónde ir. Llevaba tres días sin saber qué hacer, durmiendo en la calle y sin haber probado bocado. Se encontraba en Sevilla para hacer un trabajo sobre la rehabilitación de la Basílica de la Macarena. Pero su visita, que era por un día y solamente una toma de contacto con los responsables del Proyecto, se tornó definitiva. Los militares tomaron por sorpresa Sevilla y ya no pudo salir. Por su cabeza pasaron mil ideas pero ninguna parecía buena. ¿Qué hacer? Durante esos días había visto de todo por las calles de Sevilla. Al final, desconociendo por completo el lugar donde residía, hizo de tripas corazón y se dirigió a buscar a Juardo con la mínima esperanza de encontrarle en el trabajo. ¿Quién podría estar trabajando en aquella situación? Había buscado en aquella vieja guía la dirección de la empresa y se presentó allí con la esperanza de encontrarle.

-- ¿Se puede? –dijo Balich con voz entrecortada -.
-- ¡Carlos Balich! ¡Qué sorpresa! ¿Qué haces aquí?
-- No sé qué hacer. No puedo volver a Cáceres. Estoy desesperado…
-- Ni tú, ni nadie. O tienes un pase, o de Sevilla no se sale. Así lo han establecido los militares, que son los que mandan.
-- Y ¿qué hago?
-- Lo mismo que yo: Hay que esperar.
-- ¿Esperar? ¿A qué?
-- Nuestra oportunidad.
-- Pero ¿tú no estás con ellos?
-- Eso es una ofensa, caro Balich. Mi inteligencia siempre me dictó que las razones están por encima de los cañones, pero… eso no viene a cuento ahora. Vámonos.
-- ¿Me voy contigo?
-- Vamos, conmigo y con los demás.
-- ¿Quién está contigo?
-- Luego lo verás. Nos vendrás bien para la operación Roldana.
-- ¿Roldana?
-- Eso es. Vámonos.

La casa del Señor Juardo, como cariñosamente le llamaban sus íntimos, era lo más parecido al caos. Todos los parámetros indicaban que sus moradores tenían pensado abandonarla pronto. Cajas por los suelos, cajones abiertos y mochilas preparadas. Balich quedo impresionado con el desorden reinante en aquel piso de Castillo de Utrera, en pleno centro de Bami, barrio bético por excelencia, y a tres calles de la Ciudad Sanitaria, pero más sorprendido quedó aun cuando supo quiénes eran los habitantes que la poblaban. Tres días perdido por la capital, durmiendo al raso, sin comer, viendo todo tipo de barbaridades por las calles y pasando calamidades sin atreverse a acercarse a Juardo. Ahora, su feroz enemigo del Foro, le había proporcionado seguridad, confianza y la compañía de otros dos viejos amigos: Loren Clementain y Mercedes Arona.

Loren se había convertido en un abogado de reconocido prestigio. Su fichaje por el mejor despacho de abogados de la capital de España le había dado el espaldarazo definitivo. Sus ingresos y su soltería le permitían los caprichos que en cada momento su cuerpo le demandaba. Aficionado a los toros con mayúsculas, visitaba a su amigo sevillano con cierta frecuencia. Eran amigos de verdad, amigos desde la niñez, amigos de los de siempre. Sevilla, cuna de toreros y ganaderías ilustres, con un ambiente taurino sin igual, era el marco ideal para sus reuniones con Juardo, a quien visitaba una vez al mes.

Mercedes, con infancia, colegio y familia sevillanos, marchó en la adolescencia hacia el norte de la provincia de Cáceres. En la actualidad regentaba una preciosa casa rural en el inigualable Valle del Jerte cacereño. Había vuelto a pasar unos días a su querida ciudad cuando le sorprendió todo. Rápidamente localizó a Juardo, al que le unía una gran amistad desde que se conocieron en unos campamentos juveniles por los años ochenta, y se unió a él. Éste se encontraba desde hacía dos días junto a Clementain, su inseparable amigo, su más fiel compañero y el único que había llegado a entenderle del todo. A partir de ahí, los tres caminaron juntos. Ahora Balich se uniría a ellos.

Balich: ¿Qué vais a robar qué?
Juardo: Nosotros no robamos, mide tus palabras.
Mercedes: La tomaremos prestada.
Clementain: Además, tú también vendrás con nosotros. Llevarás la furgoneta ¡Prepárate!
Balich: ¡Ni de broma! He pasado en tres días más penas que en toda mi vida y ahora queréis que me fusilen. Vosotros no estáis bien.
Mercedes: Pero ¿por qué te van a fusilar? Está todo bien estudiado y preparado. Juardo te lo explicará.
Balich: ¿Eso era la operación Roldana? Vosotros habéis visto muchas películas. ¡Yo no voy!
Clementain: Pues ya nos contarás qué piensas hacer porque ésta es la única manera de salir de Sevilla. O lo tomas o lo dejas.
Balich: ¡Los cuatro fantásticos! ¡Será posible!
Juardo: Mi Señora no se queda aquí para gozo de los militares. La han tomado por un estandarte de la sublevación en Sevilla y por eso no paso. Eso lo tengo muy claro. Mi Señora viene conmigo allá donde yo vaya.
Balich: ¿Tu señora no estaba en Aroche con su familia?
Juardo: He dicho Mi Señora, con mayúsculas.
Balich: ¡Pero estáis locos! ¡Cómo vais a raptar a La Macarena!
Clementain: Que no, que no la vamos a raptar, que se la vamos a quitar a los militares. La ponemos a buen recaudo y cuando acabe el conflicto se la devolvemos a Sevilla, su auténtica dueña.
Balich: Pero ¿no es más grande que vosotros?
Mercedes: ¡Otra vez insultando!
Juardo: Si te refieres a su grandeza espiritual sí, la más grande. No hay otra igual. Si te refieres a su altura, mide 175 centímetros exactos. Como puedes comprobar, sabemos hasta el último detalle.
Balich: ¡Pues yo no voy!
Juardo: ¡Vendrás! ¡No tienes otro remedio!

En el extremo norte del Casco antiguo de la ciudad, la Basílica de la Macarena da nombre al barrio y las murallas que la rodean. En su interior alberga una de las imágenes más veneradas de la ciudad, la Esperanza Macarena. Aunque la Hermandad de Nuestra Señora de la Esperanza se fundó en 1595, la Virgen es una obra anónima de finales del siglo XVII o principios del XVIII, que se ha atribuido históricamente a Pedro Roldán, a su hija La Roldana y a Hita del Castillo. De ahí el nombre en clave usado por Juardo y sus acompañantes para la misión: Operación Roldana.

Aquella imagen, sin expresión dramática ni dolorosa a pesar de las cinco lágrimas en sus mejillas, era seguida con fervor por el pueblo sevillano. Se había salvado del incendio intencionado en la parroquia de San Gil en 1936, su anterior morada, gracias a que ésta había sido llevada a casa de un hermano, donde permaneció durante la Guerra Civil. Ahora los hechos se iban a volver a repetir. Otro hermano, Josemi Juardo, pretendía guardarla hasta que los militares fueran echados de Sevilla. Conocedor de la historia de la Cofradía y de su querida Virgen, se había prometido a sí mismo que los militares no la utilizarían como símbolo de su victoria. No la ultrajarían de aquella manera. Su Señora estaría a salvo con él.

A pesar de que la idea de llevarse a la Virgen pudiera parecer rocambolesca, la presunta hazaña no tendría porqué ser difícil. Todo estaba estudiado con el más mínimo detalle. La Basílica se cerraba a cal y canto por la noche, dejando en su puerta principal a dos soldados que hacían guardia. Aparcarían la furgoneta que Juardo había tomado prestada de su empresa en la parte de atrás y entrarían por la sacristía (como no podía ser de otra manera) tranquilamente, de la cual tenían llave por la condición de Hermano Custodio de Josemi. Mientras tanto, Balich esperaría a que la sacaran con las llaves de la furgoneta preparadas para el arranque. Tenían dispuestas varias mantas para arroparla y de esta forma no se dañara. Aprovecharían el cambio de guardia, cuando los soldados se relajaban tomando un café delante de la puerta principal, para llevársela. Como quiera que era una imagen muy grande, entrarían Mercedes, Clementain y Juardo, perfecto conocedor de la Basílica, y entre los tres llevarían a cabo el trabajo. El problema principal estribaría en la salida de la capital, con controles militares en todas las carreteras, aunque por ser de noche las oportunidades de escapar eran mayores. Irían vestidos con un mono de trabajo y habían falsificado unos documentos que les permitieran pasar por el control de la autovía de Andalucía con la excusa de una urgente reparación de ordenadores en el Gobierno Militar de Huelva. Con el furgón perfectamente rotulado y el uniforme de la empresa no tendrían que tener problemas. Luego, y para evitar más controles, se desviarían a la altura de Bollullos del Condado hacia Aracena, se dirigirían por carreteras secundarias a aquella casa de las afueras del pueblo, propiedad de la familia de Juardo y que ahora se encontraba vacía. Allí esperarían hasta que se calmaran las cosas. Unos días más tarde, se dirigirían a Portugal, por la carretera de Beja, adonde llegarían por la frontera de Rosal. Desde allí directos al Cortijo, para reunirse con Pablo, Zorro y los demás. Ese era el plan.

Juardo: La Hermandad de la Macarena, hasta el día de hoy, salía en procesión en la madrugada del Viernes Santo, siendo escoltado el paso de Cristo por una centuria de soldados romanos con traje de terciopelo rojo, carcasa y yelmo, conocidos popularmente como los "armaos".
Balich: Pues eso, el jueves por la noche.
Juardo: Que no. El jueves se acaba a las doce P.M. y la Hermandad sale a las dos de la madrugada el viernes A.M. ¿Comprendes?
Balich: ¡Eso será para los que os hayáis acostado! Yo salgo el jueves por la tarde de marcha y si no me acuesto hasta las cuatro, sigue siendo jueves de madrugada.
Mercedes: ¡Vaya discusión más tonta! ¡Deja de hablar y mira para adelante que nos la vamos a pegar!
Clementain: Tiene razón Mercedes… que sólo estamos a 10 kilómetros de Aracena. A ver si después de la que hemos liado vamos a tener un accidente.
Balich: Si el que más me distrae es ése…, que no deja de roncar desde que se montó. ¡Vaya motosierra!
Mercedes: Estaría muy cansado, a mí me relaja verle dormir tan plácidamente.
Balich: No si plácido está. Ronca y ronca sin parar. ¡Qué cabrón!
Mercedes: ¡Que mires para adelante y dejes de hablar, que estas carreteras son muy malas!
Balich: ¿Pero vosotros no estabáis protegidos por el Señor?
Juardo: Nosotros cuatro sí, pero tú no, que eres el que conduces.
Clementain: Mirad, allí se ven las luces del pueblo, ya estamos llegando.
Balich: Pues despertad al hombre ese…
Juardo: ¡Déjale en paz! Ahora tienes que estar atento, la casa está a la entrada del pueblo a la derecha.
Balich: … y dale con la derecha ¡Ya está bien!
Clementain: Si te parece bien, trasladamos la casa a la otra parte de la carretera…
Balich: ¡Otro cachondo! ¡Quién me mandaría a mí haceros caso! Que si el plan está bien estudiado…, que si está todo perfectamente organizado… y lo cambiáis a última hora. ¡Será posible!
Clementain: Sólo lo cambiamos un poquito al final.
Balich: … un poquito que casi nos cuesta la vida. ¿Está bien la "cacharra" esa?
Juardo: Mi Señora está bien. Sujeta y firme, como no podía ser de otra forma. El viaje lo ha hecho perfectamente. Y aquí la única "cacharra" es la furgoneta, que hace un ruido infernal.
Balich: El que hace ruido es ése… la motosierra.
Mercedes: ¡Déjale en paz!
Juardo: ¡Ahí es! ¡Ve despacio! ¡Esa es la casa!

Continuará...


5.- Mi ciudad




"Nunca sabréis quiénes son vuestro amigos
hasta que caigáis en desgracia" Napoleón Bonaparte.




Desde aquella comida de hermandad que celebramos en aquel pueblo los miembros del foro a principios de año, y donde se conocieron, Pilo y Moraes se habían hecho inseparables. La música había conseguido unir a dos seres en principio tan dispares. Aquel cantautor de Oklahoma llamado J.J. Cale, el sonido más parecido al auténtico Mark Knopfler de sus mejores tiempos, fue todo un descubrimiento para Pilo. Poco a poco ambos fueron forjando una gran amistad y, en cierta medida, Moraes había conseguido pulir las estrafalarias y rocambolescas ideas de Joaquín. Sólo Moraes conocía su doble vida. Integrado en una cuadrilla desde el inicio del conflicto y con antecedentes militares en su familia, nadie sospecharía nunca que se dedicaba a trabajar para la resistencia haciendo "salvoconductos" o lo que en su momento se necesitara. Además, la joyería de Moraes se había convertido en el lugar en el que las señoras de los militares compraban sus joyas. Todo ello hacía que nadie sospechara de ambos.

Gracias a Pilo, Moraes estaba informado de nuestro viaje a Plasencia y aunque desconocía a qué podía deberse, intuyó que alguna misión tendríamos encomendada por el recorrido que llevábamos. Supuso que veníamos de la finca, lugar sobradamente conocido por él, e íbamos a Plasencia en busca de Korrone, con el que hasta el desmantelamiento de la emisora había tenido contacto casi diario. Moraes y Korrone habían estado en comunicación permanente desde el principio y ambos conocían lo que hacía cada uno.

Una vez que salió aquella señora de la tienda, Moraes, a pesar de la hora tan temprana, cerró la reja de acero y se dispuso a unirse a nosotros. Antes de su llegada, Pilo me había contado su doble vida y cómo, cuando nos encontró en el autobús a Franpan y a mí, tuvo que morderse la lengua y callar para que los demás pasajeros o sus compañeros de batalla no se dieran cuenta de su verdadero oficio. Al estar al mando de una cuadrilla, Pilo servía información diaria a Moraes sobre los militares y éste después la canalizaba como creía conveniente. El resto de los colaboradores de Moraes no sabían que Pilo era de los nuestros y les tenía prohibido acercarse a la tienda. Con la excusa de que Pilo trabajaba allí, le suponían un colaboracionista convencido, ninguno se acercaba. Así fui descubriendo que lo que en un principio parecía desunión y anarquía se estaba convirtiendo en una verdadera red de agentes que podría funcionar a la perfección el día de mañana.


Luismi: ¡Coyote, Coyotito! – dijo Luismi mientras nos fundíamos en un gran abrazo -.
-- ¡Qué alegría Moraes! Pero qué hace este cabrón contigo.
Pilo: Sin insultar majete, sin insultar que yo no he hecho nada – dijo Pilo mientras intentaba sofocar el humo que salía del viejo ordenador - .
Luismi: ¡Que lo he reconvertido! Aunque no me fío del todo, es buen compañero de viaje. Le encargas algo y, si no lo jode, lo hace perfectamente.
-- Pero ¿qué hacéis aquí?
Pilo: De todo, como "puta por rastrojo" me tiene éste.
Luismi: Hacemos trabajitos para la resistencia, cosas sin importancia. ¿Cómo están los de la finca? Y ¿los de Plasencia?
-- Bien, todos bien. Korrone y Franpan ya habrán llegado también a la finca, si no han tenido ningún contratiempo.
Pilo: ¿Habéis sacado al rojo ese de Plasencia?
-- Joder Pilo, que es un buen tío.
Luismi: Y tú ¿a qué has venido? Cáceres está muerto y no vas a poder hacer nada.
-- Tengo que ir a Aracena. Allí está Juardo con Balich y algunos más. Tengo que conseguir el sistema de comunicación y llevarlo a la finca. Es imprescindible.
Luismi: ¿Aracena no está en la Sierra de Huelva?
Pilo: Sí y hay unos jamones cojonudos, que los he probado yo –dijo mientras una de sus manos hacía círculos en su barriga- .
Luismi: Y ¿cómo piensas llegar?
-- No lo sé. Todo se acaba aquí. Decidimos que viniera aquí y que buscáramos la fórmula para llegar hasta Juardo. Me tenéis que proporcionar un salvoconducto.
Pilo: Sí, pero la cosa está muy mal por el sur, hay que hacerlo bien.
Luismi: Espera, tengo un plan... pero tendrás que quedarte dos días aquí.
-- ¡Qué remedio!
Pilo: ¿Tienes algún sitio para esconderte?
-- Y ¿para qué me voy a esconder, idiota? Soy de aquí, tengo casa aquí y, de momento, no tengo antecedentes.
Pilo: Joer, perdona, como aquí nos dedicamos también a esconder gente, "pos me he trabucao"

Después de un rato de conversación me despedí de ellos, renunciando a comer con Pilo y quedando citados por la tarde en casa de Cibor, lugar donde se reunían los colaboradores de Moraes. Cibor Caxa trabajaba en un banco antes del golpe, pero se había quedado sin trabajo. Los radicales extremistas quemaron la sucursal donde trabajaba. Les acusaban de separatistas y los dueños del banco no la habían vuelto a abrir, ni esa ni ninguna de las que fueron quemadas en la parte sublevada. Desde aquel día, Cibor, sin oficio ni beneficio, se dedicaba a trabajar para Moraes.

Como quiera que tenía unas horas libres, partí para casa. Tenía que comprobar en qué condiciones se encontraba mi hogar. ¿Lo habrían asaltado en mi ausencia? ¿Estaría todo bien? Aunque el orden reinaba en la ciudad, controlada totalmente por los militares, en ocasiones se desvalijaban viviendas en busca de constitucionalistas. Muchas veces, con esa excusa, se cometían todo tipo de actos de pillaje.

Cáceres era un desierto. No tenía actividad. Apenas gente por la calle. Al llegar, mi primera sensación fue sentir que era domingo. Algunos comercios están cerrados, otros vallados con tablones de madera y muy pocos, los menos, permanecían abiertos. Las grandes superficies comerciales, que tanto proliferaron por obra y gracia del anterior alcalde de la ciudad, cerradas primero y luego asaltadas. Si no fuera porque la bandera de España ondeaba por doquier, algo impensable antes del conflicto, y por los sacos terreros que hacían de barrera y control en algunos puntos estratégicos de la ciudad, parecería que no había pasado nada. Como quiera que la ciudad desde el primer día del conflicto fue tomada por los militares, no había habido tiros por las calles, pero se hablaba de fusilamientos y detenciones en todos los barrios. La blanca plaza de toros se había teñido otra vez de rojo. Pude comprobar que la gente no miraba a la cara. De manera extraña cuando les dirigías la mirada, la evitaban. Nadie parecía querer conocer a nadie. ¿Qué habría pasado para que las personas dejaran de comportarse como tales? Parecían tener prisa, andaban por la calle como si fueran a llegar tarde a los sitios. Todo se me hacía muy extraño.

Mi barrio parecía abandonado. En los jardines crecían salvajes las flores y los árboles tenían pendiente una buena poda. El aspecto era fantasmal. No hay coches en las calles y la mayoría de las persianas estaban cerradas. La casa de mi vecino había sido asaltada. Tras las ventanas rotas se apreciaban los restos del vandalismo. No es que fuera un tipo peligroso, todo lo contrario, pero su fama como escritor progresista le había delatado. Creo que pudieron huir, pero su casa no se había salvado. La mía, por el contrario, parecía intacta, fría y cerrada, pero intacta.

Encendí la chimenea para calentar un poco el ambiente. La calefacción, surtida por el ya inexistente gas ciudad, no funcionaba. Desde que entré, aquella vieja canción no se me iba de la cabeza: Te doy una canción y digo patria y sigo hablando sobre ti... la gente que me odia y que me quiere, no ve va a perdonar que me distraiga… mi ciudad se derrumba y yo cantando... No cantaba, ni ganas tenía de hacerlo, pero mi verdadera patria se había roto en mil pedazos. No la patria de los salvadores. Ni siquiera la de los constitucionalistas. Mi verdadera patria era mi hogar. Mi vida en él con mi familia. Mi trabajo y mis amigos. Si un hombre tiene una patria, ésta debe ser todo eso y empezar por ahí. Ahora, recorría la vivienda como si fuera un perro, olía las habitaciones de los pequeños esperando encontrar algún recuerdo de sus perfumes. Las camas vacías, sus ropas dobladas y los juguetes perfectamente colocados en las estanterías, detalle imposible estando ellos en casa. ¡Qué sensación de soledad! Cuando estuvimos en Plasencia no tuve tiempo de acordarme de ellos. Estábamos a media hora de la Sierra y ni me acordé de ellos. Ahora les echo de menos como nunca y tengo cierta sensación de culpabilidad.

Alguien interrumpió aquellas divagaciones. Sonó el "telefonillo" que, extrañamente, funcionaba y su ruido casi violaba el silencio de mi casa. ¿Quién podría ser? No había visto a nadie por el barrio, nadie sabía que estaba allí. ¿Quién me habría visto entrar?
-- ¿Sí? –Aquella forma de contestar sonó insegura e inquieta por mi parte-.
-- Hola, perdona, soy tu vecina. ¿Me puedes abrir? Necesito un poco de azúcar.
-- Sí, ahora mismo.

Abrí la puerta sin apenas darme cuenta. Puede que mis ganas de entablar conversación con alguien me impulsara a hacerlo. La voz que me hablaba no se correspondía con la de ninguna persona conocida del barrio. Sin embargo, abrí la puerta y me decidí a recibir a aquella inesperada visita. Otra nueva sorpresa. ¡Era Lalinda Withy! ¿Qué podría querer? ¿Quién le había dicho dónde vivía? ¿Para qué vendría a mi casa?

-- ¡Vámonos! – dijo mientras cerraba la puerta rápidamente para que nadie la viera -.
-- ¿A dónde? Si llevo aquí sólo una hora.
-- ¡Yo a Sevilla y tú a Aracena!
-- Pero si tengo que ir esta tarde a casa de Cibor. He quedado con ellos. Estoy citado…
-- Los planes han cambiado. Vámonos ahora. Tenemos que salir dentro de un rato.
-- ¿Y Moraes?
-- Allí nos espera, en casa de Cibor. Él te lo explicará.
Atravesamos el Parque del Príncipe, sin actividad de tipo alguno y al que le habían arrancado aquellas raras estatuas que instalaron en su día como si de árboles se tratara, y subimos por la barriada de la Plaza de Italia, donde la sensación de soledad que se respiraba era la misma que la de mi barrio, evitando en todo momento el Parque de Cánovas y las arterias principales de la ciudad, para encontrarnos con Moraes. El casco histórico de aquella ciudad patrimonio de la Humanidad estaba como siempre, no se apreciaba en ningún momento que la sublevación le hubiera afectado. Aquel lugar había conocido ya muchas guerras, desde el desmoche de sus torres, por apoyar las familias nobiliarias a la derrotada Beltraneja en tiempos de Isabel la Católica, hasta la Guerra Civil, donde el General Franco, que había trasladado aquel fatídico agosto su cuartel general a Cáceres, saludó al pueblo desde el balcón de los López Montenegro, ya como Caudillo de España. La parte antigua, como cada primavera, olía a flores de naranjo y limonero que crecían en sus sombríos patios y los jazmines y madreselvas recorrían los muros centenarios de adobe. Todo parecía igual. Antes del conflicto ya estaba prohibida la circulación de vehículos en su interior. Ahora no hacía falta prohibirlos. No había gasolina con la que circular. La única diferencia se apreciaba en el edificio de la antigua sede La Diputación, ahora Gobierno Militar de los sublevados, en el que una gran bandera nacional colgaba de su balcón principal y dos soldados hacían guardia en su puerta.

Cibor vivía en una vieja casa del barrio judío. Allí se reunía Moraes con sus colaboradores. Jorge Castellote, Marcos Eme y Mariano Puronervios estaban esperándome junto a Cibor. El viaje estaba preparado y teníamos que partir. Lalinda Withy tenía que ir a Sevilla. Habían conseguido de forma legal un salvoconducto para los dos. Yo iría con ella hasta Santa Olalla del Cala, en la provincia de Huelva. Una vez allí, Withy continuaría viaje hasta Sevilla y yo, a escasos 40 kilómetros de Aracena, tendría que ingeniármelas sólo. Ese era el plan.


Moraes, un tipo de pensamiento rápido, había caído en la cuenta de que el coronel Sonao, que casaba a su hija en Sevilla, esperaba aquel flamante reloj que había comprado para su yerno antes de irse. Aunque no había prisa en entregárselo, decidió pedir de forma urgente aquella mañana al Gobierno Militar un salvoconducto para dos personas hasta Sevilla con esa excusa. Esas dos personas llevarían el regalo. El coronel Sonao acabada de ser destinado al Hospital militar de Sevilla donde últimamente había mucho trabajo, pero antes de salir de Cáceres, su esposa y su hija, clientes habituales de la Joyería de Moraes, habían comprado aquel reloj para la pedida de mano. Pilo había hecho otro salvoconducto con el que podría circular desde Santa Olalla hasta Huelva libremente. Si alguien me solicitaba la identificación, esos papeles que había hecho Joaquín y que parecían buenos, me ayudarían a llegar hasta Aracena.

Cuando entré en aquella vieja casa, Mariano Puronervios, al que siempre le gustó la polémica, y Jorge Castellote discutían acaloradamente, ante la mirada incrédula de Marcos Eme:

-- ¡Es que lo del Estatut fue una "mierda"! –decía Mariano con las venas del cuello hinchadas -.
-- Ya, sería eso, pero los militares lo hubieran hecho de todas formas – alegó rápidamente Castellote -.
-- Mira chaval, el hijo de la vecina de mi abuela un día la llamaba a voces: "Señá Juana, Señá Juana". Y mi abuela no contestaba. Cuando mi abuela bajó a la calle, el hijo de la vecina le dijo: Señora Juana, la he estado llamando y no me ha contestado. Y mi abuela le contestó firmemente: Claro, es que yo soy Doña Juana, la Señora Felisa es tu madre.
-- ¡Tú estás tonto! ¿Eso qué quiere decir?
-- Pues eso, "chalao". Que Doña España es Doña España y la señora Cataluña está por debajo. Y toda la culpa la han tenido esos "piraos" que querían ser "Doña Cataluña de los huevos".

Aquella discusión quedó interrumpida al darse cuenta ambos de mi presencia en la casa. Alrededor de una mesa, me explicaron detalladamente el plan. La ausencia de Pilo en la reunión estaba justificada siempre, ya que Moraes, que no se llegaba a fiar del todo de él, había evitado explicar al resto de colaboradores que Pilo era de los nuestros. Le había permitido hacer el salvoconducto, pero nada más. Ni la hora ni el lugar del que tendríamos que salir le habían sido comunicados. El autobús salía a las cinco de la tarde y debíamos partir. Cibor Caxa nos acompañaría hasta la Estación para comprobar que no habría ningún problema.

-- Pero ¿cómo voy a "manejarme" desde Santa Olalla?
Moraes: ¡Tendrás que apañártelas como puedas!
-- Ya, si eso no es lo que me preocupa. Sólo hay 40 kilómetros y no creo que me resulte muy difícil llegar, en autobús, andando o como sea.

Cibor: ¿Entonces qué es lo que quieres? – gritó Cibor con su ronca voz aguardentosa-
-- ¡Joder! … que el pirao que ha hecho el salvoconducto ha escrito Santa Olalla con "y" griega.
Cibor: ¿No jodas?
-- Y ¿quién se va a tragar ahora que el salvoconducto es bueno? Si alguien me lo pidiera en Cáceres puede que no supiera cómo se escribe, pero si me lo piden en el mismo Santa Olalla voy directo al calabozo.
Moraes: Pues ya no tiene remedio. Tenéis que salir ya.
Cibor: Os acompaño.
Continuará...

4.- El encuentro

"Basta una persona o una idea para cambiar tu vida para siempre,
ya sea para bien o para mal. JACKSON BROWN"



Llegamos a la estación de Plasencia sobre la una del mediodía. Situada en las cercanías del río, aquella estación, a pesar de no ser muy antigua, recordaba a las viejas estaciones de mi infancia. Mi relación familiar con la ciudad del Jerte hacía que supiera cómo moverme y conociera algunas de sus calles. Después de atravesar el pequeño parque de la Cruz de los Caídos, no tardamos mucho tiempo en llegar a la dirección donde supuestamente nos íbamos a encontrar con Kors Corrone: General Ahumada, 23. No dejaba de ser un contrasentido que un miembro activo de la resistencia estuviera escondido en los sótanos de una casa que se encontraba en una calle a la que daba nombre el fundador de la Guardia Civil, cuerpo que ahora estaba dando pleno apoyo a los sublevados.

Kors había pertenecido al MSU PLACENTINO, una plataforma que en tiempos de paz se dedicaba a reivindicar infraestructuras para Plasencia. Antes de estallar el conflicto, y gracias a sus innumerables manifestaciones y conciertos de música de los que directamente era promotor, tenían prácticamente conseguido para la ciudad de la Administración Central un puente nuevo, imprescindible para la conexión por el norte entre la Nacional 630 a Salamanca y Cáceres y la Nacional 110 a Avila. Pensaban que esa carretera era absolutamente necesaria para las comunicaciones, desarrollo y comercio tanto de Plasencia como del Valle del Jerte y la comarca de la Vera, verdaderos motores económicos de toda la zona.

Durante el conflicto, aprovecharon la organización y medios con que contaba el MSU y se dedicaron plenamente a actividades de resistencia. Uno de sus mayores logros había sido la creación de Radio Liberación, una pequeña emisora que constante y periódicamente informaba a los ciudadanos de la comarca sobre las actividades de los constitucionalistas. Pero los militares habían descubierto su ubicación y una noche entraron en la emisora con el fin de detener a Korrone, que a esas alturas se había convertido en un baluarte para los placentinos. No lo encontraron, pero destrozaron la emisora, requisaron el material y no tuvo más remedio que esconderse. Ahora íbamos a su encuentro.



Tocamos ligeramente la puerta de la casa con el miedo y la prudencia de los que esperan no haberse equivocado, cuando de repente nuestra inquietud se tornó en sorpresa al contemplar aquella figura tan grande y cercana que salió a abrirnos:

-- ¡Demonio!
-- ¡Pasad rápido "josmíos"! – inquirió tirando de la cazadora de Franpan que se había entretenido ojeando a unas jovencitas que pasaban por la calle en ese momento-.
-- Pero ¿qué haces tú aquí? –pregunté intrigado-
-- Llevo en Plasencia desde el inicio. Leo y yo vinimos a preparar el concierto de La Buhardilla y el golpe nos pilló aquí. Como Kors era el promotor del grupo, habíamos venido a echarle una mano con los preparativos. Luego estalló el conflicto y nos fuimos liando poco a poco con las actividades del MSU y aquí estamos.
-- ¿Leo también está aquí?
-- Sí, ahora está trabajando. Se ha colocado como secretario e intérprete de los militares. Aunque es peligroso que trabaje para ellos ya que en cualquier momento nos podrían relacionar, nos viene muy bien porque nos informa de sus actividades. Necesitaban personal civil que les ayudara y como Leo "domina el inglés", le cogieron rápidamente.
-- Pero ¿para qué quieren los militares que un secretario en Plasencia sepa inglés?
-- No, para nada, el idioma aquí no es necesario, pero como elegían a la gente por sus currículums y Leo puso en el suyo que era profesor de Inglés y conductor de vehículos pesados, le cogieron rápidamente.
-- ¡Madre mía!, ¡qué locura!

Nos invitó a adentrarnos en la vivienda y al entrar en el pequeño salón, donde una vieja televisión permanecía encendida, nos sorprendió con la noticia de la muerte de Nefer. Era la primera de los nuestros en caer. Titi Nefer nunca había sido una buena compañera de viaje. Durante un tiempo se prodigaron sus mensajes por el foro, pero su forma de actuar, sus apariciones estelares y la acidez de sus misivas hicieron que no cayera simpática desde el primer momento. No obstante, el impacto de la noticia de su fallecimiento nos había sobrecogido. Nefer había muerto. Nada se podía hacer.

-- ¿Os habéis enterado de lo de la frontera? – dijo Demonio dando unos toques con sus nudillos en la puerta de acceso al sótano de la casa- Lo acaban de decir por la tele y han enseñado un montón de fotografías de los muertos. Parecía una cacería de ciervos. Los militares enseñando sus trofeos de caza. Han muerto veintisiete y los han expuesto como si fueran bichos para que los vea todo el país.
-- ¿Qué muertos?
-- El batallón de Er Piti ha caído. Iban camino de Francia por los Pirineos y les han tendido una emboscada.
-- y ¿Er Piti? ¿También ha caído?
-- No lo sabemos. Entre los muertos no parecía estar, pero Nefer sí. La he visto claramente. Era ella, seguro.
-- Pero ¿qué hacía Nefer con el Batallón extremaño?
-- Tampoco lo sabemos. En estos días no se saben muchas cosas. Por alguna extraña razón, Nefer se encontraba con el batallón. Si Er Piti ha conseguido sobrevivir, algún día nos lo contará. Espero que haya escapado.


El batallón extremaño, con Er Piti a la cabeza, había salido de Zaragoza en dirección a Pau, lugar en el que pensaban montar su cuartel general y reagrupar a todos los "escapados". Se encontraban atravesando los Pirineos cuando, antes de llegar a Francia, fueron sorprendidos en un desfiladero por los militares. Les masacraron. Aun así, algunos habían conseguido escapar, pero la mayoría murió tiroteada. Cayeron como caen las moscas en la miel. Luego, los militares fueron recogiendo uno a uno los cadáveres, los colocaron en una explanada a modo de trofeos de caza, y en un acto de propaganda de guerra, exhibieron la hazaña por los telediarios nacionales. No había palabras para describir semejante panorama.

Las cadenas de televisión y radio fueron los primeros lugares en ser tomados por los integrantes de uno y otro bando, pero las de mayor audiencia, con sede en Madrid, estaban en manos de los sublevados. Madrid, capital del país, con innumerables episodios de guerra a sus espaldas, con resistencia infinita hacia la injusticia y la ofensa, con sangre en sus calles y parques de cientos de héroes anónimos, había pasado a manos de los golpistas muy pronto. Esta vez Madrid no era el Madrid de la guerra civil, ni el de Daoiz y Velarde o cualquiera de los héroes del parque de Monteleón, ni el óleo de Sorolla se volvería a repetir. Era un Madrid ocupado, vencido desde los primeros días, entregado sin ofrecer resistencia. Ahora, las cadenas de televisión y radio emitían un telediario único, donde los sublevados contaban sus avances como en los tiempos del NODO.

Con el pensamiento todavía en la repentina muerte de Nefer e intentando recordar alguna de sus intervenciones en el foro, apareció desde las escaleras del sótano de la vivienda nuestro amigo Korrone. Le habíamos encontrado. Estaba más delgado y con aspecto cansado. Ahora nos diría el paradero de Josemi Juardo y conseguiríamos los códigos del sistema de comunicación. La aventura parecía llegar a su fin. Abrazos y alegría rodearon aquel gozoso momento. Demonio, Leo y Korrone vivían juntos en Plasencia. Habíamos encontrado a otros tres. Bastaron los dos últimos días para que mi ilusión hubiera renacido. ¡Cuántas emociones! Dos meses completamente parado, sin hacer nada, y, ahora, el destino me había deparado mil sorpresas ¿cuántas más quedarían?

Sentados alrededor de una mesa camilla, David Demonio sirvió en aquellos platos de porcelana desconchados unos macarrones con tomate y chorizo que Franpan y yo devoramos como si de la mejor comida del mundo se tratara. Kors y David nos contaron sus aventuras y desventuras en Plasencia, con el cierre de la emisora incluido, y cómo habían pasado los días desde el golpe de los militares. Nosotros les contamos las incidencias de la finca y sus habitantes, riéndonos durante largo rato con las anécdotas y sucesos que había vivido Franpan en la comarca de Valencia de Alcántara, desde la historia de aquel toro al que tuvo que pegar un tiro, su primer y único tiro, para que no le cogiera y su posterior venta como "ternera lechal" a los militares, a la historia de la hija del capitán Paleque, una chica con la que mantuvo una relación amorosa y que tenía un padre, militar de pro, que no había entendido "debidamente" esa unión.

Más tarde, cuando nos disponíamos a tomar café, se unió al grupo Aijav Leo, que acababa de terminar su jornada laboral. Leo traía una botella de aguardiente de hierbas que le había regalado su jefe. Los militares, en sus habituales detenciones, requisaban abundante material del estraperlo, material que en muchas ocasiones se quedaban y repartían entre sus amigos. De vez en cuando Leo traía algún regalo para la casa. Abrimos la botella y bebimos el licor, gozando cada sorbo con la tranquilidad y el sosiego que el momento requería.
-- ¡Necesitamos hablar con Juardo! ¡A eso hemos venido! El sistema de comunicación que inventó es absolutamente necesario para derrocar a los militares el día de mañana.
Kors: Pues no va a ser posible. No hay manera de comunicar con él. Desde hace quince días no hemos vuelto a hablar con él.
-- ¿No hay alguna forma de contactar con Sevilla?
Kors: Pero si Juardo no está en Sevilla.
-- Entonces...
Leo: ¡Está en la Sierra de Huelva!
Franpan-- ¿En la sierra de Huelva? ¡Qué buen jamón hay en esa Sierra! Me parece Coyote que vamos a tener que ir a buscarle, voy a tener que renunciar a mis principios de "hombre íntegro" y bajar hasta Huelva, aunque pasen cosas "mu malísimas". ¡Que le den a Pablo!
-- Espera, espera que nos enteremos. Entonces ¿dónde está Juardo?
Kors: En Aracena, en casa de su familia. Sus abuelos tenían una casa en las afueras del pueblo y allí están.
-- ¿Cómo que allí están? ¿Con quién más ha ido? ¿No está sólo?
Kors: ¡Carlos Balich está con él! Y alguno más, pero no sabemos cuántos. No se puede comunicar con ellos. Conseguimos hablar con Juardo el día de la huida de Sevilla y nos dijeron que estaban bien. Que se iban a Aracena, que los buscáramos si era necesario.
Franpan: Osea, que Dios los cría y ellos se juntan. La "puta la guerra" habitualmente separa a la gente e incluso a las personas y los ilustrísimos miembros del foro se han ido juntando "de poquito a poquito" por toda España. Parece una película del Paco Martínez Soria…
Demonio: ¡Que no, Franpan! Balich estaba en Sevilla por motivos de trabajo y de Sevilla nadie pudo salir cuando se sublevaron los militares. Como a la única persona que conocía era a Josemi Juardo, a pesar de sus diferencias ideólogicas, que eran bastante grandes como tú sabes, le buscó y se quedó con él. ¡Ya está! Están juntos por las circunstancias, nada más.
Franpan: Por las circunstancias y por "la puta la guerra".
Kors: Además, salieron de Sevilla a toda prisa. Algo gordo han debido hacer porque se han tenido que ir rápidamente. Esperemos que lo hayan conseguido, sea lo que sea.
Leo: Esperemos.
Franpan: Esperemos… y ¡échame otro trago de la botellita que el hombre "pa ser hombre tiene que estar bien alimentao y bien "bebío"!





Entre el aguardiente de hierbas y alguna que otra cachimba que fumamos del tabaco de Franpan, la tarde fue pasando en la pequeña casa de la calle General Ahumada. Había que reconocer que aquel tabaco no sabía mal y que, transcurrido un rato desde su consumo, relajaba bastante. No sé si Franpan tenía la receta de lo que tenía destripado en aquella bolsa o, por el contrario, cada vez que agotaba el contenido y quería fumar inventaba una nueva fórmula. La verdad es que la mezcla que probamos no estaba nada mal.

Nuestros planes tendrían que cambiar si Juardo no estaba en Sevilla. Tendríamos que ir a buscarle a Huelva. Era imprescindible que le viéramos. Sólo él sabía los códigos del sistema de comunicación. Él lo había inventado y él nos los tenía que procurar. Por otra parte, teníamos que sacar a Korrone de Plasencia porque su estancia en aquel sótano no era ya segura, llevaba demasiados días en el mismo sitio. Le buscaban los militares y tendría que escapar. Lo mejor era que volviera con Franpan a la finca, allí estaría bien. Leo tendría que permanecer en Plasencia. Su trabajo junto a los militares podría resultar ventajoso para todos nosotros en un momento dado y Demonio, que también hacía transportes ocasionales para los militares, debía permanecer allí.

Decidimos que esa misma noche Franpan y Korrone partieran hacia la finca. Volverían por el mismo camino que nos había traído a nosotros. Un autobús hacia Brozas partía a las cinco de la mañana y era más seguro viajar de noche, porque no había casi vigilancia. El único obstáculo que podrían encontrarse hasta llegar al cortijo era la cuadrilla de Joaquín Pilo, al que no habría forma de explicar el regreso de Franpan, o que nos hubieran robado la moto. No obstante, a todos nos pareció el plan más seguro y así decidimos acometerlo. Saldrían de madrugada.

Por otra parte, Demonio tenía que ir por la mañana a Mérida a llevar un vehículo a la base de los militares. Antes del conflicto, David se había dedicado profesionalmente al transporte de vehículos para las casas de alquiler y renting. Ahora, de vez en cuando, lo hacía para los militares. Leo le había procurado el trabajo que, aunque ocasional, justificaba su presencia en Plasencia. Ellos debían permanecer en la ciudad e informarnos, cuando el sistema de comunicación funcionara, de los movimientos de los sublevados.

-- Pero ¿cómo voy a llegar yo hasta Aracena? ¿Sabéis dónde esta ese pueblo?
Franpan: Ese pueblo está en la Serranía de Huelva y tiene unos jamones que te "despelotas sólo de verlos".
Demonio: Yo mañana temprano voy a llevar el Mercedes a la base de Mérida. Lo tienen que usar para el desfile. Hasta allí te podría llevar. Pero luego…
Kors: No es buena idea porque en Mérida no tenemos a nadie que te eche una mano. Sin embargo en Cáceres, sí. Tenemos a Moraes. Él te podrá ayudar. Para llegar hasta Huelva necesitas salvoconducto y sólo Moraes te los puede proporcionar.
Franpan: ¿Luismi de Moraes falsifica pasaportes? ¡Qué figura!
Demonio: No son pasaportes, son salvoconductos. Para circular o viajar hasta Huelva por la zona de los sublevados necesitas un documento que te autorice y Moraes los hace en su taller. En la trastienda de su joyería hace de todo. ¡Tienes que ir allí!
Leo: Pero le llevas tú, Demonio. Paras en Cáceres y le dejas. Luego continúas camino a Mérida. Yendo contigo no tendrá problemas para llegar hasta Cáceres.
Kors: Así lo haremos.

Fran y Kors acababan de salir. Leo les acompañó hasta que montaron en el autobús de F. Royo que hacía la ruta Plasencia-Portalegre. Aunque el autobús hacía parada en Brozas y Valencia de Alcántara, ellos debían bajar en Brozas y continuar en moto, ya que los controles militares se realizaban con regularidad a partir de ahí y, con total seguridad, en Valencia de Alcántara, último punto antes de la frontera con Portugal. A partir de Brozas debían volver a coger carreteras secundarias y caminos. No habían encontrado ningún problema por las calles de Plasencia y la estación estaba vacía a esas horas de la madrugada, como suponíamos. Tres pasajeros con cara de sueño y ellos dos. Con un poco de suerte, a mediodía llegarían a la finca y podrían comunicar a los demás nuestras andanzas. Demonio se quedó conmigo en la casa. Habíamos conseguido dormir todos hasta las cuatro y esperábamos con impaciencia el momento de irnos. Café caliente de puchero, esta vez del malo, amenizaba lo que sería una larga espera ya que no podríamos partir hasta las nueve y media, hora en la que Demonio debía recoger el vehículo que nos llevaría hasta Cáceres.

El Coronel Tórpez había instaurado un Directorio Militar parecido al que Primo de Rivera había proclamado en 1923. Había establecido lo que llamaba el Nuevo Militarismo Civilizado y nombrado como presidente del país al General Macuto, que invocó la salvación de la patria y la liberación de los españoles de los "profesionales políticos" en su primer mensaje al pueblo. ¡Ese era el tapado! El General Macuto había sido jefe de la División Mecanizada Brunete número 1, hasta que el Consejo de Ministros del antiguo gobierno de Aznar le nombró Jefe del Mando de Personal del Ejército de Tierra, pero unas declaraciones suyas en un acto ante el Ministro de Defensa provocaron su destitución y pasó a la reserva. Desde ese día, había estado maquinando la forma de dar el golpe de estado. El éxito de los militares se debió, en cierta medida, a que Macuto no había dado la cara hasta el final. Su nombramiento como Presidente había causado gran sorpresa entre los sublevados y una desazón terrible en los constitucionalistas. Tenía fama de duro. Ahora empezaba a encajar todo, el puzzle se había terminado de formar. Su toma de posesión en el antiguo Congreso de los Diputados, que pudimos ver en aquella vieja televisión, se retransmitió durante el telediario de las nueve de la noche por todas las cadenas.

Llegada la hora de partir, Demonio se presentó con un flamante e impecable Mercedes 500 gris oscuro que nos llevaría a Cáceres. En aquellos días, creo que en cierta medida antes del conflicto también, viajar de un tirón desde Plasencia hasta Cáceres en un vehículo como ese era todo un lujo. Sin problemas de gasolina y sin los renacidos olores del interior de los autobuses, donde por ser el único medio de transporte se permitía llevar de todo. No era raro que se transportaran dentro del compartimento de pasajeros gallinas y todo tipo de enseres.


Por el camino encontramos dos controles, uno en el cruce de Serradilla y otro en el Tajo, dejándonos pasar inmediatamente al comprobar las credenciales del vehículo. Llegamos a Cáceres sobre las once de la mañana y Demonio me llevó hasta la misma puerta de la joyería de Moraes, en pleno centro de la ciudad, donde se despidió rápidamente para continuar viaje y llegar a Mérida a la hora esperada y, de esta forma, no levantar ningún tipo de sospechas. La calle estaba casi vacía. Si no fuera porque la ciudad estaba adormecida, más bien medio muerta, desde que estalló el conflicto, me hubiera parecido una mañana de domingo cualquiera. Tras los cristales se vislumbraba la figura de Luismi. Aunque no estaba sólo, era el momento de entrar.

-- Buenos días, ¿venía por lo del reloj? – se adelantó Moraes a lo que yo pudiera decir-.
-- Esto.. sí, sí.
-- Pase al almacén. Creo que mi ayudante ya lo tiene preparado. Nos ha costado un poquito de trabajo, pero se lo hemos arreglado.

Me dirigí hacia la parte trasera de la tienda mientras Luismi seguía atendiendo a una señora de mediana edad. Al entrar en aquel almacén y de espaldas a la puerta, un individuo corpulento se afanaba en colocar una pieza dentro de lo que parecía un antiguo portátil. Al percatarse de mi presencia, giró su cabeza y me sonrió.

-- ¡Joder! ¿Pilo?
-- ¡Joaquín Pilo para servirle, el brazo armado de la victoria! –dijo alzando su mano derecha al frente y mientras sus carcajadas se oían por toda la tienda -.
-- ¡Serás cabrón…!


Continuará...

3.- La ida




"De las miserias suele ser alivio
la compañía." Miguel de Cervantes




Con un ligero toque en el hombro, Pablo me despertó invitándome a que le acompañara. Entregándome una taza de café caliente y haciéndome gestos para que lo bebiera rápido, salimos de la casa sin hacer ruido. Todavía rondaba por mi cabeza Luismi. ¿Qué habrá sido él? ¡Cuantos ratos buenos nos hizo pasar con el ordenador! El gran Mimi era un buen tipo, de los que hay pocos. Su imaginación y buen humor hacían que todo el mundo le apreciara. Tenía un corazón tan grande como su cuerpo. Su tiempo libre siempre fue para sus amigos. Desde el principio de la contienda no había vuelto a saber de él. Supongo que estará bien, la gente como él no suele tener problemas.

Todavía era de noche y en el exterior, sentado sobre una roca, arropado con una manta, un fusil como apoyo y la cabeza caída, Zorro dormía. Su "castigo" por lo de Portalegre consistía en hacer guardia durante diez noches seguidas y aunque todos sabían que el sueño le vencía rápidamente, su verdadera penitencia consistía en que tenía que pasar esas noches al raso. Sinceramente creo que le daba igual porque, conocedor de la impenetrabilidad y seguridad de la finca, dormía plácidamente. Bueno, la verdad es que se dormía en cualquier lugar, de pie, sentado o acostado. Por otra parte, evitaba de esta forma tener que atender los llantos nocturnos de su zagal, que desde que llegaron se había convertido en el juguete de los habitantes del Cortijo.

Desde detrás de la casa apareció una figura medio tambaleándose y sacudiéndose la parte trasera de sus pantalones vaqueros. Cazadora de cuero negro, barba cerrada y fular al cuello. Su silueta era irrepetible, en cualquier lugar del mundo que lo hubiera encontrado lo habría reconocido.

-- ¿Franpan? ¿Tú eres el Maqui?
-- ¡Fran Pamaqui! Ese es mi nombre en tiempos de guerra, para servir a Dios y a usted. Bueno a Dios, no, que se puede cabrear porque últimamente no he ido a misa.
-- Y ¿tú me vas a guiar hasta Sevilla?
-- ¡No señor! Ese es un error típico del burgués "aposentao": "Adelantarse a los acontecimientos acontecidos". Yo le guiaré hasta Plasencia. De ahí para abajo se tendrá que apañar usted "solito". Yo de esta comarca luso extremeña no salgo. Los hombres tienen un recorrido y este hombre no pasa de Plasencia, que de ahí para abajo pasan cosas "mu malísimas".

Franpan se había identificado plenamente con la zona. Nadie sabía nunca dónde paraba, pero cuando se le necesitaba aparecía. Con un lenguaje característico de los "pasotas" que introducía en sus conversaciones cuando le parecía, el antiguo domador de bytes, como gustaba llamarse, había trabajado durante años en una terminal del Aeropuerto de Barajas regulando el tráfico aéreo. Cuando estalló el conflicto, se encontraba en la finca pasando el fin de semana y ya no volvió. A pesar de las insistentes llamadas durante los primeros días de su jefe para que volviera, Franpan se negó en rotundo. ¡Que aterricen los aviones como puedan, que para eso les han puesto también ruedas!, era la frase que recibía por respuesta su antiguo jefe. Ahora, se había adaptado a la zona como un lugareño más. Visitaba con frecuencia los pueblos cercanos. Valencia de Alcántara o Portalegre, España o Portugal, le daba igual siempre que hubiera una cantina abierta y una moza para entablar conversación.

Nos despedimos de Pablo con un fuerte abrazo y un "hasta la vuelta" que sonó dubitativo e inquietante. ¡Dios sabe cuándo nos volveríamos a encontrar!, pensé. Nos adentramos en el encinar camino de España. La escarcha, presente en todo el campo, todavía verde a pesar de la época del año, hacía que el frío de la mañana se nos metiera hasta los huesos. Las ramas de los árboles se tornaban en brazos siniestros que parecía que quisieran asirnos. La luz del nuevo amanecer, que hacía volver a los árboles a su estado normal, se agradecía sobremanera.

Tras un largo rato caminando, llegamos hasta la cancela que servía de límite entre España y Portugal. Durante el trayecto, Franpan me contó que tenía un vehículo preparado para llevarnos hasta Brozas, lugar en el que debíamos coger un autobús hasta Plasencia. En esos días, sólo los transportes públicos tenían derecho a obtener gasolina. El parque automovilístico nacional se encontraba prácticamente parado y había controles de lo que los militares llamaban "cuadrillas" por todas las carreteras. No había otro medio de transporte que no fuera un autobús o un tren. Conseguir un mulo o un caballo para que moviera un carro para llevar alimentos se había convertido en una odisea. Los pocos burros que quedaban volvían a estar cotizados y llegaban incluso a alquilarse.

Franpan me guió detrás de unas rocas y debajo de un enorme montón de ramas apareció camuflado el vehículo que debía llevarnos hasta Brozas. Era una vieja Bultaco Frontera de 250 centímetros cúbicos, una joya del motociclismo español y muy bien conservada que mi afición por las motos me llevó a identificar enseguida.

-- ¡Este trasto nos llevará hasta Brozas! El problema es que como en España no hay "gasofa" y me han dicho que tiene una autonomía de 150 kilómetros si no le damos "caña", llegaremos hasta el "pueblucho" ese, que está a unos 70 kilómetros desde aquí, más o menos, y le quedará la "justita" para que yo pueda volver luego otra vez.
-- Pero ¿dónde has conseguido esto?
-- Se dice el "pescao", pero no el "pescaor"
-- Pero ¿por qué le has puesto tantas ramas a la moto,?
-- "Mesaío la mano" Quería esconderla bien para que no nos la quitaran y me he "pasao", esa es la "verdá".
-- ¡Ya!, por aquí pasan todos los días un montón de personas robando motos ¿no?
-- Déjame en paz y monta. ¿Dónde coño está el botón para arrancar el trasto este?
-- Joder Franpan, ¿has llevado alguna vez una moto?
-- La verdad es que no. La he tenido que traer a mano un "jartón" de kilómetros. Casi se me "descoyunta" la rabadilla.
-- ¡Déjame! La llevo yo.

Arranqué la moto y comenzamos la ruta hacia Plasencia. Fran me iba indicando el camino que debíamos coger. Carreteras secundarias y algunos caminos nos llevaron hasta la entrada de Brozas. Un poco antes de llegar al pueblo, nos desviamos por una vereda y escondimos la moto. Durante el trayecto Franpan se había quedado dormido en alguna ocasión. La desaparición de la tensión en sus brazos sobre mi cintura y una ligera caída de su cabeza sobre mi hombro me hicieron sospechar que se había dormido y en algún momento, incluso, llegué a pensar que se podía caer. A punto estuve de parar y atarle con mi cinturón, pero comprendí rápidamente que si lo hacía, se despertaría y volvería a empezar a cantar el himno del legionario, canción con la que no me había dejado de amenizar desde que salimos de la finca. Creo que era la primera persona que se había dormido yendo de "paquete" en una moto. Además, la Bultaco frontera hacía un ruido infernal, con lo que su sueño tenía más mérito todavía.

Esperamos a la entrada del pueblo durante un largo rato hasta divisar la llegada del autobús que nos debía llevar a Plasencia. Mientras tanto, Franpan me contaba sus aventuras como "guerrillero del amor en tiempos de guerra". Sus visitas diurnas y nocturnas, sobre todo, a los bares de Valencia de Alcántara, San Vicente o Salorino en España y todo el Distrito de Portalegre en Portugal le habían hecho amar la zona y sus pobladores como nunca pudo imaginar. Había llegado a identificarse tanto con el tipo de vida que llevaba que decía que ya no iba a volver y que se había buscado una fuente de ingresos para cuando terminara el conflicto.

-- Me voy a "forrá" cuando se acabe "la puta la guerra" - decía mientras introducía una especie de tabaco en una cachimba manual -.
-- ¡Seguro!
-- He inventado el "Franfumé".
-- ¿El Fran qué…?
--¡El Franfumé! He recogido hojas de tres árboles de la zona y le he añadido algunas hierbecillas aromáticas que me he "encontrao", las he "machacao" y las he dejado al sol para que se sequen. "¡Yastá!", inventado el Franfumé, un tabaco natural que además te coloca más rápidamente que la "cola del Inem".
-- ¡Te vas a envenenar!
-- Sí, sí, que te lo has "creío" tú. Cuando se acabe esto lo comercializo y me forro.

Vimos llegar el autobús: AUTOCARES F. ROYO, ese era el nuestro. Después de comprar el billete en una especie de quiosco que se encontraba al lado de la improvisada parada, nos introdujimos en él y tomamos asiento en la parte trasera. De repente, de un vehículo mal pintado de verde, bajaron cuatro individuos vestidos de cazador, fusil al hombro y con un brazalete negro en el brazo derecho que les identificaba como colaboradores de la sublevación. En aquellos días, grupos de voluntarios se agrupaban en cuadrillas y hacían las veces de consejeros y vigilantes de los sublevados. Podían incluso detener personas, a las que llevaban a los cuarteles y, en la mayoría de las ocasiones, nadie volvía a ver. Uno de los que se bajó de aquel vehículo, el que parecía ser el jefe, se dirigió directamente al autobús.

-- ¡Joder, el Pilo, que viene a detenernos! ¡Está con ellos! ¡Será cabrón! –dijo Franpan en un estado grande de excitación -.
-- ¡Calla, Fran, calla! No se te ocurra abrir la boca. Haz como si no le conociéramos.
-- ¡Los cojones no lo voy a "conocé"! Si es Joaquín Pilo.
-- ¡Que ya lo sé!, pero espera acontecimientos y no abras el pico. No tenemos antecedentes y si pregunta le decimos que vamos a ver a mi familia a la Sierra.
-- Sí, tú eres el Rey "Baltasá" y yo el paje, no te jode.
-- ¡Calla, que viene!

Joaquín Pilo había sido uno de los últimos en llegar a nuestro foro, pero su actividad había hecho que fuera uno de sus miembros más conocidos. Desde que descubrió que en internet había un foro en el que participaba gente con la que poder comunicarse, el aburrimiento había desaparecido de su vida. Aunque alguno de los miembros más radicales pretendió en alguna ocasión echarle, no hizo caso nunca y se pasaba prácticamente las veinticuatro horas del día conectado. Siempre tenía algo que decir, aunque lo que decía a veces se tornaba peligroso por su inclinación a defender todo lo que representara la España caduca y trasnochada del General Franco, aquel individuo que durante cuarenta años usurpó la vida y voluntad de los españoles.

Cuando llegó a la altura de nuestros asientos, mirándonos por encima de las gafas y habiéndonos reconocido, se paró inmediatamente, requiriéndonos para que le entregáramos la documentación. Le entregamos los pasaportes, único documento válido para moverse por el territorio de los sublevados, y empezó a estudiarlos detenidamente como si fuéramos dos extraños para él.

-- Y ¿dónde dice que va la parejita?
-- ¡A Plasencia, General! – contestó Franpan sin dejarme una mínima opción de contestar -.
-- Y ¿qué va a hacer la parejita en Plasencia?
-- Coger otro autobús que nos lleve a la sierra, que tenemos a la familia allí – volvió a contestar Franpan sin dejarme decir nada de nuevo-.
-- ¡Ya!…y mi abuelo es pirotécnico.
-- Perdone señor –interrumpí la conversación y las intervenciones de Franpan que nos iban a llevar directamente al calabozo -. Vamos a la Sierra. Allí tengo a mi familia y desde el inicio del conflicto no les veo. Venimos de Valencia de Alcántara de intentar comprar carne para ellos. En la Sierra ahora es muy difícil conseguirla. Sabe usted que los tiempos están muy malos y hay que buscarse la vida…
-- ¡Ya! Y ¿éste? ¿También ha ido a buscar comida? ¿Qué pinta en la Sierra?
-- Éste viene conmigo. Está viviendo en la Sierra, en la casa rural de una amiga, desde hace un mes. No tenía nada que hacer y se vino conmigo.
-- Muy buena la coartada, salaetes – dijo mientras nos entregaba de nuevo los pasaportes -. Podéis seguir, pero que no os vuelva a ver que os empapelo.

Dio media vuelta y se dispuso a abandonar tranquilamente el autobús, con un aire de superioridad que sólo su posición le confería, mientras decía en voz alta para que se enteraran todos los pasajeros:

- ¡Si alguno de los que viaja en este autobús se encontrara con algún que otro "cabroncete" que yo conozca, que le dé recuerdos de Pilo, el brazo armado de la victoria!

Cuando inició su marcha el autobús, Franpan y yo respiramos por fin tranquilos. Joaquín Pilo, aunque con los sublevados, nos había dejado continuar. Todavía no sé si nos dejó partir porque no teníamos antecedentes y creyó nuestra historia o porque los lazos que había creado aquel foro hacían que todos fuéramos un poco cómplices y, sobre todo, amigos y compañeros. Nos había reconocido, de eso no cabía la menor duda, pero nos había dejado continuar viaje. En el fondo no debía ser mala persona, aunque si era el jefe de una cuadrilla nada bueno se podía esperar de él. Se contaban auténticas barbaridades de las cuadrillas. Asesinatos, raptos, violaciones, detenciones, torturas y un largo etcétera de delitos que, por ser realizados por representantes del orden establecido, quedaban impunes. Cualquier simpatizante de los militares, con o sin formación, podía juntarse con unos amigos y, previo permiso de la Comandancia correspondiente, formar una. A nosotros, Pilo nos dejó continuar y nuestra aventura hacia Plasencia continuó sin más novedad que los ronquidos de Franpan, que se había vuelto a dormir, creo que bajo los efectos narcotizantes del tabaco ese con olor a eucalipto que había inventado.

Continuará...

2.- La misión




"Yo no tengo ideas;
Sólo tengo palabras y silencios." Marguerite Duras




Extremadura fue la primera en caer. Los cuarteles extremeños fueron los primeros en adherirse al golpe, no tardaron veinticuatro horas en manifestar su aprobación a los generales sublevados. El coronel del C.I.R. de Cáceres sacó a los soldados a la calle y nadie se resistió. Nadie. La tierra de los conquistadores, con sangre supuestamente heredada de gestas heroicas, con sangre de virreyes y guerreros en sus venas, con sangre de porqueros y campesinos sudados en victorias, no hizo nada por oponerse. Otra vez pasaremos a la historia sin gloria alguna. Quinientos años de señoritos y terratenientes, de grandes fincas y caza mayor, de caciques y explotación. Otra oportunidad pérdida para la redención. El aeropuerto de Badajoz tomado por los militares, la Brigada de Infantería Mecanizada Extremadura a pleno rendimiento, el Regimiento Castilla con base en Bótoa desplazó a sus batallones al frente. El Batallón Alcántara al sur de Badajoz, donde exterminaron a los constitucionalistas y continuaron viaje hasta Sevilla. El Batallón Mérida IV repatrió a parte de sus efectivos desde Bosnia Herzegobina y ahora vigila las fronteras con Portugal. Extremadura entera en manos de los sublevados desde el primer día. ¡Un desastre! El Presidente extremeño, que se encontraba de viaje por Andalucía, huyó con Chaves por Ayamonte y ahora se encuentran en Lisboa con los demás miembros del Gobierno.

¡Todavía tirito! Aunque no hace mucho frío, el estremecimiento producido por el aluvión de acontecimientos del último día hacen que me sienta mal. Café caliente y ¡bueno! alrededor de la chimenea. Café portugués, el mejor café del mundo. Ya no recordaba su sabor. Pablo y Zorro me llevaron, sorteando todo tipo de enseres y personas, dentro de la casa y, en lo que un día fue salón de trofeos de caza, me ofrecieron sentarme delante del fuego para conversar. Han llegado algunos heridos a la casa y me informan que una de ellos es Rosita Laempaná. Los picoletos, en una de sus batidas, dispararon contra un grupo de mujeres que habían ido a lavar la ropa al río dirigidas por Rosita. Era su primera misión y cayó herida. Aunque la extirpación de la bala fue un éxito probablemente quede coja, pero es lo menos malo que nos puede pasar a cada uno en estos días de sufrimiento y dolor. Me cuentan que el único inconveniente que tiene la finca es que el río separa las partes española y portuguesa en algunos tramos y aunque el agua que se necesita se recoge desde la parte portuguesa, en ocasiones disparan a las personas que se acercan a por ella. La niña de los ojos verdes, la que recita a Tagore de memoria, ahora estaba herida. La "doctora" Escarolain, licenciada en medicina por la universidad de la vida, le extrajo, como a tantos otros, la bala de la pierna izquierda y cuidaba de ella. Había conseguido que le bajara la fiebre y de momento se encontraba bien.

Unas ciento cincuenta personas habitan el Cortijo. Han logrado salvar a muchos de ellos de una muerte segura y ahora, como si fuera un pueblo perfectamente organizado, todos colaboran en el mantenimiento del lugar. Aunque no tienen mucho dinero, la venta de joyas y enseres en Crato, un pequeñito pueblo portugués de los alrededores, hacen que vayan tirando. Aunque parecería más lógico hacer el intercambio en Monforte o en Portalegre, por ser poblaciones más grandes y con más posibilidades, no es seguro. Ya nada es seguro. La caza del ciervo o del jabalí es una de las cosas que hacen que de vez en cuando se coma carne en el poblado. El pan se hace cada cinco días y se procura que siempre haya un plato caliente al día, aunque sea de sopa de cáscaras de patata.

Pablo saborea el último sorbo a su café como si nunca más fuera a probarlo. Dirigiéndome una mirada que recorre y explora todo mi cuerpo inicia la conversación:

-- ¡Bienvenido a la Resistencia!
-- Joder, ¡qué alegría! Pensé que nunca más volvería a ver a mis amigos.
-- Pues aquí nos tienes. Más delgados y más tontos, pero de momento seguros.
-- Nunca imaginé que estaríais en un sitio así. Os hacía a cada uno por un lado, sobreviviendo a esta mierda de guerra.
-- Sobreviviendo sí, pero organizados.
-- ¿Sabes algo de Danipé?
-- No, nada. Pero suponemos que está bien. Ten en cuenta que las Nucleares fueron los primeros sitios en ser tomados por los militares. Danipé es un trabajador cualificado. No pueden poner en su puesto a cualquiera. Así que imaginamos que estará bien.
-- Pero ¿por qué no habéis contactado con él?
-- No se puede. Desde los primeros días algunos trabajadores especializados de la Central fueron confinados en sus instalaciones y allí viven, en barracones. Sólo les dejan salir una vez por semana y con vigilancia para ver a sus familiares.
-- ¿Estará con ellos?
-- No. No lo creo. Y si está con los sublevados, peor para él porque al final los vamos a joder.
-- Pero si está todo perdido. Si cada vez está más cerca el final. No hay nada que hacer.
-- Joder, Coyote, sí hay algo que hacer y mucho. Tú, por ejemplo, ¿a qué has venido?
-- Tenía que hacer algo. No me podía estar quieto. Me ahogaba en la sierra.
-- Pues eso, algo vas a hacer, por nosotros y por todos.
-- ¿Aquí?
-- Aquí o donde sea. Les tenemos que joder y tú serás uno de los encargados de hacerlo. Tendrás tu misión, como la hemos tenido casi todos los que estamos aquí.

El calor se iba apoderando de mi cuerpo. El fuego de la chimenea había calentado en exceso mis orejas, que se volvían rojas como si fueran a estallar. A pesar de estar en el mes de mayo, decían que éste había sido el más frío de todo el siglo y se agradecía el calor de la leña. Ni la primavera quería ser primavera, como si intuyera lo que se avecinaba. Pablo me invitó a seguir la conversación en el exterior:

Te enseñaré esto, vamos fuera.

La finca, una gran dehesa extremeña, era el lugar ideal para esconderse. El cortijo estaba en el centro de un gran encinar y la vista ser perdía en un inmenso manto de árboles. En una de las habitaciones de la planta baja se había instalado la enfermería. Aclara Ción cuidaba de Rosita, que dormía bajo los efectos de la morfina suministrada para aliviar sus dolores. Aclara nos contó que aunque Rosita decía que le habían pegado un tiro desde la orilla española del río, la triste verdad era que mientras las mujeres lavaban la ropa, ella se entretenía leyendo un libro de poemas que sostenía con la mano izquierda mientras que con la derecha disparaba con una pistola contra las rocas. Así era Rosita. Una de las balas rebotó y le perforó la pierna izquierda. Ahora, por su afición a la poesía, quedará coja.

Atravesamos la cocina donde Mon hacía las veces de lugarteniente. Desde que llegó se había hecho cargo de la intendencia por orden directa de su abuelo. Por la mañana habían cazado un gamo y dos de sus ayudantes se afanaban en trocearlo como si en ello les fuera la vida. Mon les daba las instrucciones pertinentes, aunque por lo que decía, se intuía que ni siquiera sabía cómo era aquel animal. Nos contó que Sergio no había querido viajar con él desde Parma. Alegó que si en una guerra se usaban armas, esas armas podían matar y que si podían matar y él era un ser vivo, entonces también le podían matar a él y que se iba a nacionalizar polaco. Mándame una carta si no te matan, esas fueron sus últimas palabras cuando se despedían en el aeropuerto.

En la parte de atrás de la casa, varias personas trabajaban acarreando sacos de víveres desde un carromato hacia lo que parecía un almacén. Nos alejamos unos metros y Pablo continuó con la conversación:

-- Mañana te irás.
-- Pero si acabo de llegar. ¿Adónde?
-- ¿No querías hacer algo? Pues te irás mañana.
-- Pero ¿a qué sitio?
-- Iréis a Plasencia. El Maqui y tú.
-- ¿Quién es el Maqui?
-- Mañana lo verás.

Continuamos caminando por un sendero durante un largo rato hasta llegar a un lugar en el que terminaban las encinas. Nos sentamos en unas rocas mientras Pablo liaba un cigarrillo.


-- ¿Qué haremos en Plasencia?
-- Tenéis que encontraros con Kors Corrone. Es un periodista italiano nacionalizado, aunque por su aspecto pudiera pasar perfectamente por polaco o ruso. Está escondido en los sótanos de un edificio desde que clausuraron Radio Liberación. Era el locutor y principal promotor. Antes de la guerra se dedicaba a representar a grupos de música. Los militares entraron a saco en la emisora y desmantelaron todo. Le buscaban para arrestarle y tuvo que huir. Ahora se esconde y espera noticias nuestras.
-- Pero ¿cómo lo encontraremos?
-- Hace unos días llegaron a la finca varios refugiados desde el Valle del Jerte que trajeron su dirección. Sabemos dónde está escondido. Hay que ir a buscarle porque es muy importante. El final del conflicto está cerca y la comunicación entre los constitucionalistas será fundamental para debilitar y derribar a los militares.
-- Pero ¿qué tiene que ver Kors Corrone en todo esto?
-- ¿Conoces la informática cifrada? Josemi Juardo trabajaba en Sevilla en un sistema de encriptación de mensajes. Había conseguido realizar un sistema de comunicación oculto e indescifrable para nadie que no conociera los códigos. Ese sistema es fundamental para nosotros. Será la única forma de comunicarnos de forma segura el día de mañana.
-- Pero ¿no le habían echado de su empresa con la regulación de empleo?
-- No. Al final les encargaron un proyecto. Alemania y Francia trabajaban en AQUAERO, un buscador europeo que pretendía hacer la competencia al GOOGLE. Una de las partes del proyecto se la encargaron a su empresa, por eso pararon la regulación. El trabajo consistía en configurar un sistema que tradujera simultáneamente los mensajes que desde todo el mundo pudieran llegar al buscador. Eso era lo que hacía Juardo, él era el responsable. Algo salió mal y en lugar de traducir los mensajes, el sistema que había inventado los ocultaba. Sólo con la introducción de unos códigos, el mensaje volvía a aparecer. Ni el mejor de los informáticos podría descubrir nunca el sistema de comunicación que por error había visto la luz. Bajo un mensaje como "Feliz Cumpleaños SS" se podrían esconder las instrucciones precisas para el acoso y derribo de los militares. El proceso de cifrado y descifrado de mensajes no requerirá la intervención de expertos, cualquier usuario en posesión de los códigos podrá acceder a él. Y el sistema es nuestro. Aunque alguien pudiera tener acceso a un archivo, no podrá desencriptarlo y, por consiguiente, no tendrá acceso a la información. La clave, que también está cifrada, sólo estará en posesión de los usuarios que tengan autorización para ver los datos.
-- Ya, pero… entonces ¿por qué no vamos directamente a Sevilla?
-- Hace quince días el Señor Juardo desapareció. El único que conoce su paradero es Kors Corrone, con el que habitualmente se comunicaba. Por eso es principal que habléis con él. Nos dirá dónde está Juardo.
-- Y ¿cuándo partiremos?
- Al amanecer.

Estaba anocheciendo y volvimos caminando lentamente. Hasta llegar a la casa Pablo me contó que el Zorro estaba "castigado". Hace unos días habían tenido que ir a Portalegre a recoger material imprescindible para las tareas de la resistencia. Aunque ir allí no era seguro porque los militares y simpatizantes de los sublevados acudían habitualmente al Gran Mercado, donde se podían encontrar productos que ya escaseaban en España, no tuvieron más remedio que desplazarse para conseguir el material que en Crato no podían obtener. Mientras Mon, Aclara y Rosita esperaban en un almacén a que les entregaran el material, el Zorro se metió en un bar y empezó a tomar chupitos de "amarguinha". El licor de almendras hizo sus efectos y el Zorro perdió el control. La misión se pudo ir al traste. Casi acaba arrestado por los "guardinhas" por alteración del orden público.

Europa había vuelto a hacer su papel: Nada. Habían pasado setenta años desde la Guerra Civil y tampoco esta vez intervendría. Ni siquiera enviaron refuerzos en señal de apoyo a los constitucionalistas como durante la guerra del treinta y seis. Lo único bueno, por decirlo de alguna manera, es que a los militares tampoco ningún país les ayudaba. La plena integración del país en las estructuras europeas y en la OTAN hacía suponer que un golpe de estado sería impensable en el viejo continente. Al menor atisbo de rebelión en cualquier democracia europea, la intentona sería cortada de raíz. Nada de eso ocurrió. Alemania y Francia se unieron de nuevo, ahora defendían un eje prointervencionista de los países europeos. Inglaterra, representante directa del descontento estadounidense con y en España, impedía cualquier intento de intervención. Italia, con su estrafalario presidente a la cabeza, amenazó con abandonar la Unión Europea si se actuaba en el país. A principios de mayo, la situación internacional se había vuelto insostenible. En Nigeria había estallado una guerra civil que impedía distribuir su petróleo por el mundo e Irán llevó al máximo apogeo la lucha contra occidente por el desarrollo de su programa nuclear. La situación en Irak no era mejor y Rusia había vuelto a cortar el suministro de gas a Lituania. El barril de petróleo se había disparado hasta los ciento cincuenta dólares. ¡Ciento cincuenta dólares! Israel había atacado Siria. Ante todo esto ¿a quién le importaba España?

Los catalanes, con el apoyo final de los nacionalistas vascos, habían llevado sus demandas hasta un punto extremo. Con la aprobación del Estatut saltaron todos los resortes y los militares tomaron las calles. Zaragoza, Lugo, Ciudad Real y Sevilla, sobre todo Sevilla, se habían convertido en un auténtico infierno. Fusilamientos, paseíllos y desapariciones. Familias enteras destrozadas y divididas. Revisión de agendas y contactos, como en la Argentina de Videla. Nadie imaginaba que esto pudiera ocurrir. Ni siquiera los catalanes pensaron en las fatales consecuencias de su comportamiento. Ahora ya no tendrán Estatuto.

Sopa con tropezones de gamo. Ese era el menú de la cena. Reconfortaba más el calor que desprendía el inmenso tazón de caldo que como único plato se sirvió que el sabor que le daba la carne. Al calor de la chimenea, Zorro y Pablo me acompañaban para la ocasión.

-- ¿Sabéis algo del Kurdo? ¿Por qué borró los mensajes?
Zorro -- El Kurdo está en Lisboa. Es la mano derecha de Ruseacaba y preside el Comité de Defensa de la ciudadanía. Se dedican, entre otras cosas, a enviar masivamente y a todos los móviles que conocen mensajes de apoyo a la resistencia. Están bastante liados.
Pablo -- El otro día estuvo aquí. Nos apoyan desde Lisboa y nos trajeron unas piezas que nos hacían falta para una pequeña emisora de radio que estamos montando.
-- Pero ¿por qué borró los mensajes del Foro? ¿Tan peligrosos eran?
Pablo -- Kurdo no los borró. Tuvo intención de borrarlos pero cuando fue a hacerlo habían desaparecido. El primer sorprendido fue él, pero pensó que los dueños de los foros, lo de Algarroba, habían sido los que por temor habían borrado todo.
Zorro-- ¡Eso lo ha hecho el hijo puta del Danipé!, que era el otro que tenía las claves. Nadie más podía borrarlos.
Pablo-- ¡Calla Zorro!
-- Pero ¿para qué iba a borrarlos? ¿qué ganaba con ello?
Pablo-- No lo sabemos. Si los ha borrado, bien. Si los ha guardado, podemos estar jodidos el día de mañana. Había mensajes muy comprometidos. Nadie sabe cómo terminará esto.
Zorro-- Jodido lo estarás tú porque yo no pienso volver.
Pablo-- Tú volverás, como todos. Si volvieron los que se marcharon en el treinta y nueve ¿por qué no vamos a poder volver nosotros?
Zorro-- ¡Hombre!, si es dentro de cuarenta años y me conceden una pensión, sí. De otra forma yo no vuelvo.
-- ¡Volverás Zorro! Nadie está más a gusto que en el lugar que le vio nacer y crecer.
Zorro – Sí hombre, como que el lugar donde yo vivía se va a parecer en algo al lugar que yo dejé.
Pablo-- ¡Volveremos, Zorro! ¡Volveremos!
Zorro-- ¡Volveréis!

La conversación continuó durante más de una hora al lado de la chimenea. Por momentos se unían a ella los demás: Escarolain, Aclara y Mon. Menos Rosita, que todavía dormía, todos conversábamos alrededor del fuego. Si no fuera por las circunstancias, tenía la sensación de haber vivido antes esa experiencia. En la Sierra de Gata quizás.

Si Kurdo no había borrado los mensajes, tenía que haberlos borrado Danipé. Pero ¿para qué? ¿Por seguridad? Como quiera que fuera, Danipé había sido siempre un tipo sensato y preparado, o por lo menos eso creía yo. No podría jodernos a todos. No sé. Arropado con la manta trapera que me habían facilitado y con los rescoldos todavía encendidos, empiezo a sentir que el sueño se apodera de mí. La sensación de cansancio era mayúscula. Dos meses prácticamente parado y en un día había percibido tantas sensaciones que hacían que me encontrara realmente cansado. Abrí la vieja cartera que un día me regaló Luismi de Moraes, mi viejo amigo, y contemplando las fotos de los pequeños me quedé dormido.
Continuará



1.- 17-mayo-2006

"Que tu pensamiento no rebase el tiempo presente;
he aquí el secreto de la Paz" Umar Khayyam.



Las tropas del General Balín han tomado Zaragoza. Todo parece indicar que el final se acerca. Desde hace dos meses los encarnizados combates a lo largo de la geografía nacional han llevado a saqueos generalizados. Se comenta que en el Monasterio de Suesa han fusilado a todas las monjas trinitarias y que han sido quemados varios conventos, entre ellos el de Santa Catalina en Barcelona. También se oyen barbaridades sobre el infierno de Sevilla donde los llamados "salvadores" han protagonizado una escabechina, matando incluso mujeres y niños. Casi nada parece haberse librado de una lucha absurda que refleja fielmente lo ocurrido en el treinta y seis. El presidente sigue dando órdenes desde Lisboa y arengando a los ciudadanos para que resistan, pero parece que ya no conseguirá nada. El final está ahí. Todo parece perdido.

Ningún movimiento parecía llevarnos en marzo a la situación en la que nos encontramos ahora. Con la aprobación del Estatut saltaron las espoletas y el Coronel Torpez sacó los tanques a la calle enmudeciendo de nuevo a Valencia. Otra vez Valencia. La historia a veces juega malas pasadas y repite uno a uno todos los acontecimientos que la hacen triste. A partir de ahí, cuartel tras cuartel, todos se levantaron en armas, unos a favor de la "salvación" y los otros como "garantes" de las España autonomista.

He conseguido entrar varias veces en internet, pero la mayoría de las páginas aparecen capadas y sólo se puede acceder a las que publicitan la victoria de uno y otro bando. Desde el inicio de la contienda no sé nada de mis amigos. ¿Qué habrá sido de ellos? La desazón que me provoca el pensar que alguno puede "no estar ya" me hunde en la más profunda angustia. No consigo entrar en el Foro. En los primeros días desaparecieron cientos de mensajes, los usuarios registrados borraban todos los que pudieran tener alguna connotación política. Después desaparecieron todos los hilos. Supongo que El Kurdo, del que no sé nada desde el alzamiento, haría uso de su rango de administrador y los quitaría de la red por temor a represalias. O quizás los guardó para utilizarlos como salvoconducto el día de mañana. No lo sé y la angustia me sigue venciendo.

El otro día conseguí hablar por teléfono con Sergio. Siempre tuvo suerte. Toda su vida viviendo del cuento, como decía, y ahora se había convertido en una ONG. El conflicto estalló cuando se encontraba en Parma y, a través de un servicio de comunicaciones de la Universidad italiana, había hablado habitualmente con su familia y les había puesto en contacto con la AEF, un grupo de chiflados franceses que intentando rememorar los hechos de la Resistencia francesa en la II Guerra Mundial, habían formado un grupo denominado Amigos de España en Francia y se dedicaban a sacar gente del país a través de los Pirineos. Sacaron a su familia por el antiguo camino de El Portalet, utilizado antaño para pasar en mula mercancías de estraperlo. Con él también está Ramón Mon que, casualmente, había ido a visitarle unos días antes de que estallara el conflicto. En su pequeño piso de alquiler ahora viven doce personas y aunque llegan difícilmente a fin de mes, el trabajo que como camareros desempeñan en una heladería de la Plaza Garibaldi les permite comer caliente todos los días y nunca falta en su mesa un plato de sopa.

De los demás no sé nada. Los messengers desconectados, internet sin apenas información y el foro, aunque abierto, sin hilos que permitan atisbar esperanza alguna de contacto. Nadie se atreve a escribir. Algunos mensajes sin sentido, como queriendo decir cosas en clave. Pero ¿en qué clave? ¿cómo descifrarlos? CUANDO LA ALEGRÍA. ¿Qué querrá decir? Cuando la alegría ¿qué? Me desespero.

De pronto me sobresalto. Voy a probar. Durante algún tiempo, algunos miembros del foro jugábamos con el Google. Decíamos cosas como "busca la palabra IDIOTA", le das a "páginas de España" y a "voy a tener suerte" y "verás lo que sale". Y aparecía una foto del ex-presidente Aznar, del que por cierto tampoco se sabe nada desde el alzamiento. Súbitamente abro el Google e introduzco la frase "CUANDO LA ALEGRÍA", "páginas de España", "voy a tener suerte" y aprieto la tecla "intro". Se abre una página de una empresa de comunicación portuguesa llamada ALEGREACTIVITI. Ordenadores, telecomunicación, diseño audiovisual. Nada parece indicar que haya acertado. No puede ser eso. Mi imaginación y la desesperación me han jugado otra mala pasada.

Jugueteando con las pestañas de la página, me introduzco en la que dice "diseño audiovisual" y me quedo estupefacto. Aparece un abanico de carteles que apoyan la resistencia autonomista. Pero ¿cómo puede una empresa de Portugal vender ordenadores y apoyar a la vez a los "garantes"? Los diseños me son muy familiares y vienen firmados por un tal Paul Dassis. ¿Paul Dassis? ¿Pablito de Assis? No puede ser. Es imposible. Y si es Pablo ¿cómo ha llegado a Portugal si las fronteras estuvieron desde el principio muy vigiladas? ¿Estará su hermano con él? De repente, como si la adrenalina saliera a borbotones de mi cuerpo, lo veo claro: Pablo ha conseguido establecerse en Portugal y apoya a los constitucionalistas a través de internet.

Las doce y media. Media hora esperando y no aparece nadie. Pero esta vez no pueden ser imaginaciones mías y todos los datos me traían a este lugar. Puede que no recibieran el correo. Últimamente no funciona nada. Con la mirada recorro el bar, su aspecto mugriento, su pantalla de televisión gigante y un póster medio caído en una de las paredes. Súbitamente mi cabeza vuelve al principio. Entre los cárteles que aparecían en la página de ALEGREACTIVITI, había uno que llamó poderosamente mi atención. En él aparecía Lenin con el puño en alto y una frase que recorría toda la ilustración: Cuando la alegría es un sueño…

Entré en el Google, "páginas de España", "voy a tener suerte" e introduje la frase completa. Se abrió un listín con sitios de interés de Valencia de Alcántara y sobre ellos y destacado un anuncio que rezaba: "Bar la Plaza. Cuando la alegría es un sueño, la esperanza sigue intacta. Confirmar reserva. Correo: sinpensániná@piedra.es. Tenía que ser él. Sólo Pablo podía haber puesto esa dirección. Contacté inmediatamente: Llegaré mañana. Autobús de las doce. El coyote.

-- ¿Es usted el nuevo veterinario?

Aquel hombre acababa de aparcar su furgoneta en la puerta del bar y se dirigió directamente hacia mí.

-- ¿Es usted…?
-- ¿Cómo dice?
-- Sígame la corriente – espetó en voz baja-.
-- Esto… sí, sí, soy yo.
-- Acompáñeme a la finca que las bestias están muy malas.

Rápidamente nos dirigimos hacia el vehículo y pude fijarme que en sus puertas aparecía rotulado EXPLOTACIONES LA MONTANERA. Salimos del pueblo y nos dirigimos hacia la frontera por la carretera de Marvao. A unos kilómetros del pueblo, el conductor, que no había vuelto a abrir la boca desde que me recogió, giró a la izquierda adentrándose por un camino y hasta llegar a una cancela donde se detuvo.

-- Aquí es.
-- Aquí es ¿qué?
-- Bájese y espere.

Sin darme tiempo para la reacción, dio media vuelta y desapareció por el camino. Me dirigí hacia la finca pero la cancela estaba cerrada. Al intentar abrir el cerrojo, una voz llamó mi atención: - ¡Quieto Coyote!, Ahora te abro yo.

Entre las jaras apareció un individuo con fusil al hombro y vestido de cazador. Mi sorpresa no pudo ser mayor. Había acertado. Eran ellos.

-- ¡Joder, Zorro!

Nos fundimos en un fuerte abrazo y las lágrimas recorrieron mi cara de nuevo. En los últimos dos meses había llorado más que en toda mi vida.


-- Vamos. Ponte esto y sígueme que me estás haciendo llorar. Y habla en voz baja.
-- ¿Pero adónde?
-- Tú sígueme.
-- ¿Y tú mujer? ¿El niño? ¿Están bien?
-- Están aquí. Todos bien. Sígueme.
-- Pero ¿a dónde vamos?
-- Al Cortijo.
Nos adentramos en la finca, él delante y con el paso firme y yo detrás, terminando de ponerme la chaqueta verde que me había entregado un momento antes. Pisando cardos y al tran tran consigo ponerme a su altura.
-- ¿Y los tuyos?
-- En la Sierra, con mi familia. El fin de semana que estalló todo estábamos allí y hasta el momento no ha habido problemas en el pueblo. Están con mis suegros. De vez en cuando he conseguido hablar con ellos. Lo llevan bien, aunque hace un mes que no les veo y les echo de menos.
-- ¿Por qué saliste tú de allí?
-- Tenía que hacer algo. Había mucha gente en la casa y todos sin hacer nada. Me angustiaba estar pensando todo el día. Sin hacer nada mientras todo se venía abajo. Es jodido estar separados pero es peor estar todos quietos en un sitio sin tener qué hacer. ¿Está Pablo aquí?
-- Pablo y muchos más. Ya los verás.
-- No jodas.
-- Sin joder, ya los verás.

Continuamos caminando durante dos o tres kilómetros campo a través hasta llegar a una nueva cancela que Zorro abrió con determinación, haciéndome gestos para que pasara rápido.

-- ¡Ya está! ¡Portugal!
-- ¿Cómo que Portugal?
-- Que estamos en Portugal. Hemos entrado por España y hemos salido a Portugal.
-- Pero ¿cómo?
-- Esta finca es del abuelo de Mon y tiene parte en España y parte en Portugal. Así que es el lugar ideal para esconderse. De la cancela para acá no nos pueden detener. Es otro país. De la cancela para allá éramos cazadores y si nos paraban los picoletos teníamos excusa. De vez en cuando hacen batidas en busca de refugiados y hay que tener mucho cuidado.
-- Pero si Mon está en Italia ¿cómo estáis aquí?
-- Nos trajo Franpan.
-- ¿Franpan? No jodas.

-- El fin de semana de la sublevación estaba aquí cogiendo setas alucinógenas. Había pedido permiso a Mon porque le habían dicho que en esta zona crecían unos hongos de esos que le gustan a él. Cuando se lió todo, se quedó aquí. Se ha hecho muy amigo del abuelo de Mon y ahora campa a sus anchas. Y Mon tampoco está en Italia, también está aquí.
-- Pero si hablé con Sergio y me dijo que estaba en Italia.
-- Ya no. Desde hace una semana está aquí. Voló desde Parma a Lisboa y llegó a la finca hace siete días.

Continuamos caminando, ahora ya por un camino de tierra, durante un largo rato. Mi cabeza no dejaba de dar vueltas a todo lo que me estaba sucediendo. ¡Cuántas emociones en tan poco tiempo! Zorro, Mon, Franpan, Pablo... Parecía increíble. Dos meses sin saber de ellos y ahora… ahora todos juntos. Mis pensamientos fueron de nuevo interrumpidos por la voz de Zorro.

-- Ha caído Zaragoza.
-- Me enteré ayer ¿Sabéis algo de Erpiti?
-- Hasta hace dos días teníamos comunicación con él y con su grupo.
-- ¿Con qué grupo, Zorro?
-- Erpiti es uno de nuestros máximos valedores. En Zaragoza se han partido la cara contra los sublevados. Al final han tomado la ciudad, pero cuando han entrado se la han encontrado llena de pintadas del tipo "Zaragoza no se rinde" o "Venceréis, pero volveremos".
-- ¿Y Erpiti?
-- Creemos que ha escapado hacia Francia. Desciframos un mensaje de ellos que decía que estaban en Sabiñánigo y que iban hacia Pau. Lo tienen que haber pasado mal, pero ya sabes que los maños son unos cabezones y si encima Erpiti está con ellos…

Al llegar a la cima de un pequeño cerro, se nos aparece una casa grande y blanca con lo que parece un campamento de gitanos en sus alrededores. Un gran cortijo lleno de gente. El bullicio que se intuye no me deja apreciar que alguien se está acercando hacia mí. La emoción vuelve a apoderarse de todo mi ser. En un instante mi corazón vuelve a palpitar como si fuera a salirse de mi cuerpo. Cazadora de cuero, vaquero caído, cigarro en boca, más delgado que nunca. ¡Es Pablo!